jueves, 13 de octubre de 2016

Cine: Vientos de la Habana de Félix Viscarret (2016)

Siempre recomiendo todas las novelas de Leonardo Padura, aunque sólo haya leído dos cuyo protagonista es Mario Conde: La neblina del ayer y La cola de la serpiente. Especialmente la primera de ellas, es novela negra de gran calidad. De aquélla que sirve para diseccionar una sociedad y analizarla fríamente y cuya trama policial acaba siendo secundaria. 

Esta película es la adaptación de la segunda novela de la Tetralogía de las cuatro estaciones y funciona como episodio piloto del resto que serán adaptadas para televisión. Es extraño que se haya estrenado primero la segunda y tampoco sé si se emitirán por RTVE o por Movistar, habrá que estar atenta para que no se escape. En los guiones han intervenido el propio Leonardo Padura, el director Félix Viscarret y Lucía López Coll.


Una profesora del Instituto Preuniversitario de la Víbora, donde estudió Mario Conde, es asesinada. Conde descubrirá que la que debía ser una nueva sociedad postrevolucionaria tiene los mismos vicios que las decadentes sociedades occidentales. 


La película resulta correcta y responde, como la novela, al canon clásico de cine negro, con una ambientación decadente y nostálgica, adecuada al espíritu de los libros. Trata de reflejar la añoranza por una Habana esplendorosa (al menos para algunos) que se combina con la derrota moral de los protagonistas. Mario Conde es el principal protagonista y en la película se le llama únicamente Conde porque en España sigue recordando a un personaje poco recomendable. Mario Conde nació en los años 1960, pertenece, pues, a la nueva generación de la revolución, aquélla destinada a reformar al país, la que recibió la mejor educación de toda la historia de Cuba y del resto de Latinoamérica; una generación sin la corrupción de las sociedades occidentales. Se verá, a lo largo del desarrollo de la película, que se repiten las mismas carencias y abusos, especialmente en las relaciones de género. 


Se esperaban grandes cosas entonces: una sociedad sin clases y sin privilegios que alentase una nueva solidaridad nacida del pensamiento de izquierdas. Nada de eso se produjo y pasados los 50 años, esa generación es la generación de la derrota moral. Ese pesimismo y esa añoranza es lo que nutre a Mario Conde. Soñaba con ser escritor (como Hemingway) y se quedó en policía. Sin embargo, mantiene todavía algo de esperanza y una ingenuidad que le hará sufrir.


Karina se encargará de despertar esa esperanza y de hacerle sufrir. Karina es la mujer fatal. Y a partir de aquí, me pongo las gafas de color violeta para criticar desde un punto de vista feminista. Como lectora ferviente de novela negra creo que tengo derecho a exigir, especialmente a buenos escritores como Leonardo Padura, Princesa de Asturias de las Letras en el año 2015, que transgredan los cánones clásicos del género, especialmente en lo que concierne a las mujeres fatales que, como Karina, sólo tienen de fatal los ojos de quienes las miran.


Karina, interpretada por Juana Acosta, es una mujer pelirroja y espectacularmente normal. No esconde ningún secreto, no tiene ningún misterio inconfesable, no arruina la vida de nadie, no engaña y no manipula. No es fatal. En la novela no lo sé porque no la he leído, pero en la película figura como simple objeto, objeto de deseo. Y no es una excepción. Los tres personajes principales de mujeres actúan como objeto: objeto madre-cocinera, objeto de violencia (Mariám Fernández, la profesora asesinada, actúa principalmente de cadáver) y objeto de deseo. No conozco mucho la sociedad cubana, pero la acción de la película se desarrolla en los años 1990 y creo que sería creíble y exigible la existencia de otro tipo de mujer, especialmente en una sociedad postrevolucionaria, como ya he mencionado antes.


Pero parece que Leonardo Padura y el director Félix Viscarret no lo creen así. Y ahora me refiero a una escena tórrida entre Conde y Karina que resulta, de las más increíbles, que he visto en el cine. Conde y Karina están abrazados en una cama, ¿no le parece a nadie más chirriante que Conde esté vestido de los pies a la cabeza y Karina esté en tanga? Ver a Juana Acosta en tanga es muy agradable aunque no se sea lesbiana ni hombre, pero resulta extremadamente ridículo en una escena así. Parece que sólo haya sido un capricho del director. Berlanga decía que había situado la acción de La escopeta nacional en los años 1970 para poder poner en minifalda a Bárbara Rey. Pues lo mismo, pero en los años 2010, ya es injustificable.


Sigo con la crítica feminista. Como cincuentañera con sobrepeso y hostigada socialmente (cada vez menos) para mantener no sé qué línea o juventud perpetua (como la cadena), quiero que los hombres cuiden un poco más su aspecto, que vigilen y controlen sus gorduras y sus canas amarillentas. En esta película Jorge Perugorría hace una gran interpretación pero presenta el mismo aspecto decadente que La Habana. Un hombre que vivió tiempos mejores y ya ha olvidado cuando. No dudo de que al personaje, incluso el sobrepeso, le vaya bien pero yo lo imaginaba de otra manera. Por supuesto, más esbelto pero especialmente más estoico, quizá porque el Mario Conde que yo he conocido tenía unos años más de experiencia y de desilusión por la vida. 


Ahora bien, quitándome las gafas de color violeta no puedo evitar sentir debilidad por el Conde y su sonrisa de bobo enamorado, dónde estuviste mujer que no te había visto antes. Los personajes secundarios también son estupendos, sobre todo su cuadrilla de amigos nostálgicos que funcionan muy bien como retrato de una generación, y facilitan el paisaje emocional del Conde. La película es muy recomendable, aunque no pase el Test de Bechdel y la serie espero no perdérmela.  


Director: Félix Viscarret
Guion: Leonardo Padura, Lucía López Coll y Félix Viscarret
Intérpretes: Jorge Perugorría, Juana Acosta, Yoima Valdés, Mariam Fernández, Wladimir Cruz, Carlos Enrique Almirante, Alexis Díaz, Mario Guerra. 

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