jueves, 19 de febrero de 2015

Cine: Siempre Alice de Glatzer y Westmoreland (2014)

Alice Howland (Julianne Moore) es una atractiva mujer de 50 años. Profesora e investigadora en neurolingüística en una universidad de Estados Unidos. Está casada con un médico prestigioso (Alec Baldwin) y tienen tres hijos ya mayores. Alice empieza a tener olvidos y ausencias que no le parecen normales. Va al médico y le diagnostican Alzheimer precoz. Su vida ya no le pertenece y poco a poco y sin que pueda hacer nada se irá disolviendo, como su cerebro. 


Es especialmente dramático para Alice que siempre ha tenido en gran consideración su vida intelectual. Antes de que lo inevitable suceda ella idea toda una serie de estrategias para seguir teniendo control sobre su vida: pequeñas notas como recordatorios en su teléfono móvil, una carpeta con instrucciones en el ordenador, pero llegado el momento nada de eso puede suplir su memoria y su intelecto. 

Todo lo que somos, todo lo que sentimos, todo lo que queremos está en nuestro cerebro. Nuestra alma es nuestro cerebro y si se disuelve se disuelve nuestra vida. No queda nada. Resulta aterrador. Es algo que me impresiona mucho. Recuerdo que a una de mis abuelas le pasó. Olvidar todo lo que eres y todo lo que has vivido. No creo que exista una tortura mayor que darte cuenta de que estás olvidando. Julianne Moore lo expresa todo con los ojos, hasta el vacío de irse olvidando de sí misma.


Esta imagen es perfecta para explicar lo que hace la enfermedad con tu cerebro. Fragmentarlo, de manera que no pueda establecer conexiones y se pierdan los recuerdos, la memoria y la razón, la capacidad de amar y el alma. En esa mirada vacía y perdida queda todo lo que no es un ser humano. 

La película es bastante convencional pero no es lacrimógena. Su emoción está precisamente en eso, en ser reflejo de la realidad ante una enfermedad que nadie esperaba. Además de que es una enfermedad prematura también es hereditaria y esto les sirve a los directores para incorporar a los tres hijos de Alice, para poder estudiar las reacciones de tres personas de menos de 30 años ante la posibilidad de padecer en el futuro esta enfermedad. Sin embargo, los directores no profundizan por ahí. Sólo es relevante en la película la relación que Alice mantiene con su hija pequeña, Lydia (Kristen Stewart que ha recibido muy buenas críticas por este papel). Lydia es la hija díscola que está buscando su sitio en la vida y en cierta manera ocuparse de su madre y ver su deterioro paulatino la hará situarse, aunque no comprenda ni acepte lo que está pasando. Sobre todo, contrasta su actitud tan madura y responsable con la frialdad con la que la hija mayor, que siempre había sido considerada la hija modelo, se inhibe de todo compromiso con respecto a su madre.

Aunque los directores no han querido definir más estas relaciones familiares sí que queda suficientemente claro cómo la enfermedad de una persona afecta (y agota) a todos sus familiares. Trastoca planes y expectativas; retrasa decisiones; provoca cambios de ciudad, de profesión, de domicilio. Un desbarajuste hasta que las cosas vuelven a encajar. Todo eso cuenta la película con mucha elegancia y mucho dolor. Espero que Julianne Moore se lleve por fin el Oscar.

A mí me ha producido terror pensar en la posibilidad de perder la identidad de esa manera. En una escena Lydia le dice a su madre que vivirá muchos años y Alice no le contesta. No sé qué sentido puede tener vivir muchos años si ya no eres tu mismo; si se han perdido la identidad y los recuerdos que nos hacen posible revivir las cosas.


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Guion y Dirección: Richard Glatzer y Wash Westmoreland
Música: Ilan Eshkeri
Fotografía: Denis Lenoir 


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