jueves, 31 de enero de 2019

Ópera: La traviata de Giuseppe Verdi


Creo que lo único que tengo en común con Julia Roberts es que las dos lloramos muy a gusto viendo La traviata. La traviata es la primera ópera que ví y también la que más veces he visto. También he leído La dama de las camelias y algo sobre la vida de Marie Duplessis, la cortesana que la inspiró. Me emociona mucho, ya sólo por el título. La descarriada, la perdida.


Todo empieza con la historia de Marie Duplessis. Una joven pobre, huérfana, pero hermosa que utiliza su cuerpo y su hermosura para ascender socialmente. Y lo consigue, aunque ella se sigue sintiendo una povera donna, sola abbandonata in questo popoloso deserto che appellano Parigi. El hecho de que describa París como un populoso desierto nos da una idea de lo sola que se siente entre la multitud que la aclama.


Es una soledad que ninguno de sus amantes ni de sus concurridas fiestas ha podido llegar a colmar. Hasta que conoce a Alfredo. No es que Alfredo sea muy especial, en realidad tendrá reacciones bastante infantiles y violentas durante toda la ópera, pero será su último amor. En la novela Marie pasa a llamarse Margarita y en la ópera el libretista Francesco María Piave eligió otro nombre de flor, Violeta. Supongo que quería resaltar que, a pesar de su vida de cortesana, Marie todavía conservaba una cierta inocencia y sobre todo la fragilidad que se le adjudica a esta flor.


Violetta y Alfredo se aman y se retiran del mundo, pero el cabrón del mundo no se olvida de ellos. Las normas y las convenciones sociales tienen que separarlos para garantizar la subsistencia de una sociedad hipócrita. Giorgio Germont, el padre de Alfredo, es el encargado de personificar todas estas convenciones sociales. No tiene nada en contra de Violetta. Es más la considera una joven mujer refinada, generosa y de buen corazón, pero Giorgio tiene que proteger los intereses de su hija menor, pura siccome un angelo.


Para añadir más dramatismo a la historia, Violeta está gravemente enferma. Sin embargo, el mundo hipócrita no puede esperar a que muera y necesita un sacrificio rápido, así expiará su vida de pecado. Pecados instigados por los hombres pero que éstos nunca pagaban. Como hoy, para la víctima que un día cayó, no hay esperanza; aunque Dios la perdone, el hombre será implacable con ella. Para quien no conozca esta ópera, desde el principio, la escenografía ofrece una pista del desenlace. El suelo del salón donde Violetta está dando una fiesta es la gigantesca lápida de su tumba.


En su momento este montaje no tuvo muy buenas críticas y yo creo que fue porque no se trata de un montaje arriesgado. Es muy clásico, muy elegante y fluido y a mí es lo que me parece más adecuado para una ópera como ésta. No me gustó Francesco Demuro, el tenor que interpretó a Alfredo. Me parecía ausente y de muy mala educación su insistencia en no mirar a la soprano. Como vi la ópera en redifusión a través del cine, este detalle tan tonto quedaba engrandecido en la pantalla. Pero Ermonela Jaho y Juan Jesús Rodríguez, como Violetta y Giorgio Germont, estuvieron conmovedores y tenían la pasión y el dramatismo suficientes para pasar de un estado emocional a su contrario, sin que la interpretación se viese interrumpida. Lo que decía al principio, para llorar muy a gusto.



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