jueves, 7 de mayo de 2015

Cine: Big Eyes de Tim Burton (2014)

Se dice por ahí que Tim Burton ha perdido su genialidad y que va en busca de algo nuevo que contar, pero que no encuentra el estilo. Big Eyes es su última película. No sé si este es el giro que quiere dar a su carrera, porque resulta ser una biopic, convencional y nada fantástica. Es la historia de Margaret y Walter Keane, ambos pintores de caracteres absolutamente contrarios. 


Margaret (Amy Adams) es una joven divorciada con una hija pequeña que se ha escapado de su casa y de su asfixiante primer marido. Es una mujer tímida, insegura y que no tiene ningún tipo de apoyo familiar. Son los años 1950 en Estados Unidos. Todavía no está bien visto que una mujer tome sus propias decisiones. Además, aunque en la película no se dice nada, de la interpretación de Amy Adams podemos deducir que su primer marido era bastante abusivo. Se traslada a San Francisco para buscar trabajo como ilustradora y allí conoce a Walter (Christopher Waltz), un pintor que derrocha encanto, simpatía y mentira; un seductor empedernido y maravilloso, pero no por ello menos abusivo que su primer marido.

En sus primeros meses de matrimonio, ambos se dedican a pintar y a intentar vender sus pinturas. Margaret empieza a tener un considerable éxito, pero utilizando ciertas triquiñuelas, aparentemente inofensivas, él decide firmar los cuadros de ella: niños y niñas de ojos grandes e inmensa tristeza y abandono. Él tiene un gran talento para el marketing y las relaciones públicas, lo cual no hace más que encerrar y hundir a Margaret cada vez más; encerrada en su atelier se dedica a pintar a sus criaturas, en una especie de esclavitud simbólica que sólo puede expresar a través de sus personajes.

Esto de que un marido usurpe la obra de su esposa no es la primera vez que pasa. En España, que yo sepa, también hubo un caso parecido pero entre escritores. María de la O de Lejárraga, (1874-1974), escribía novelas y obras de teatro costumbristas y permitía, más o menos obligada, que las firmase su marido. Lo extraño de este caso es que María de Lejárraga era feminista y estaba afiliada al Partido Socialista, pero aun así prefería que sus obras las firmase otro. No sé si era o no una solución acertada para un momento en que las obras firmadas por un hombre se vendían mejor.

María de Lejárraga
Otro caso que conozco, aunque este es más difícil de comprobar, es el de Robert Capa y Gerda Taro, fotógrafos muy conocidos, de la época del reporterismo de guerra más romántico. De ellos se dice que intercambiaban sus cámaras cuando estaban trabajando de manera que sería difícil decir quién hizo qué fotos. Gerda Taro murió durante la Guerra Civil Español y Robert Capa siguió fotografiando guerras hasta morir en Vietnam en 1954. No se duda de la calidad del trabajo de ninguno de ellos, pero existen sospechas de que no todas las fotos firmadas por Robert Capa están hechas por él.

Seguro que hay más casos. Muchos de ellos pueden explicarse no sólo por el abuso del hombre sobre la mujer, sino que es posible que las mujeres decidieran racionalmente que su obra firmada por un hombre se vendería mejor. Más recientemente están los ejemplos de escritoras que “camuflan” su nombre de mujer detrás de unas asépticas iniciales, por si acaso los editores tienen miedo de publicar sus obras. P.D. James, gran escritora de novela negra del siglo XX, es Phyllis Dorothy y J.K. Rowling es simplemente Joanna. Pero también es cierto que existe lo que Luis Bonino, psicoterapeuta y especialista en cambio masculino para la igualdad, llama micromachismos. Espacios de dominación masculina en la vida cotidiana, a veces explícita y mucha más veces oculta, simbólica, pero igual de efectiva que la violencia retrógrada y el control patriarcal. 

Evidentemente, el matrimonio de los Keane terminó en divorcio, pero antes Margaret le demandó para recuperar la autoría de su obra. Le retó a pintar un cuadro ante un tribunal y Walter fue incapaz de dar una pincelada. Se demostró que había sido un fraude y desapareció de la vida de Margaret y del foco mediático que tanto le gustaba. Margaret continuó pintando y hoy con casi 90 años todavía vive en California. 

Gerda Taro y Robert Capa


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