lunes, 2 de marzo de 2020

Música: Beethoven y Shostakóvich. Auditorio de Zaragoza. Febrero 2020


El Concierto para violín, piano y violonchelo, en do menor op. 56, conocido por Triple Concierto, es una rareza dentro del panorama musical de la época, aunque durante el barroco ya había antecedentes. Sólo un genio como Beethoven podía haberse arriesgado tanto. Lo que hace que este concierto sea tan original es la importancia dada tanto a los instrumentos considerados individualmente, como a su equilibrada interacción entre ellos y también con la orquesta.


Fue compuesto entre 1804 y 1805, aunque no se estrenó hasta 1808, cuando en España estábamos en plena invasión napoleónica. Beethoven lo dedicó a su amigo y mecenas el príncipe Lobkowitz quien se había comprometido, junto con otros dos príncipes, a pasarle una asignación de dinero periódicamente. No sé si la historia será cierta pero es muy interesante.

Jerónimo Bonaparte
Cuando Beethoven vivía en Viena no andaba muy bien de dinero y Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón y, por imposición de éste, rey de Westfalia, le ofreció una renta fija como maestro de capilla de su corte. Los príncipes Lobkowitz, Kinski y Rodolfo de Austria, suscribieron el Pacto de los tres príncipes, para evitar que saliera de Viena y se comprometieron a pasarle una asignación anual. Los dos primeros tuvieron problemas y no pudieron cumplir este pacto pero el Archiduque Rodolfo de Austria sí que lo hizo. Como era de esperar, este magnífico concierto no tuvo muy buenas críticas en su momento.


La segunda pieza del programa fue la Sinfonía nº 9, op. 70 de Shostakóvich. La leyenda dice que ningún compositor vive para escribir su décima sinfonía; pero Dmitri Shostakóvich decidió romper con esta maldición. Compuso su novena sinfonía, en 1945, por encargo de las autoridades soviéticas para celebrar el triunfo de la URSS durante la II Guerra Mundial. Pero al contrario de lo que pretendían las autoridades, le dio a su obra un tono muy satírico e incluyó algunos fragmentos de canciones populares judías, a pesar del antisemitismo de la URSS, de manera que algunos no la consideraron una sinfonía al uso clásico.


No obstante, parece ser que Stalin no era tan tonto como Shostakóvich se pensaba y percibió este tono crítico, prohibiéndole estrenar más sinfonías. Shostakóvich siguió componiéndolas, aunque hasta la muerte del dictador no se pudiesen estrenar ni la décima, ni la undécima ni las siguientes hasta un total de quince. Lo importante es que rompió la maldición de la 9ª.


Esta sinfonía debía cerrar la trilogía dedicada a la guerra, pero en lugar de una sinfonía ampulosa para mayor gloria de Stalin, Shostakóvich compuso una obra sencilla, alegre, dedicada al pueblo que tanto había sufrido, con la intención de insuflarle nuevas ganas de vivir. Y así la recibió el público y la consagró como una obra fundamental del siglo XX. Está estructurada en cinco breves movimientos.


La consecuencia es que Shostakóvich fue acusado de ser “burgués” y de “estar contra el espíritu del pueblo”. A partir de entonces y hasta 1953, cuando fue rehabilitado, tuvo que conformarse con escribir música para el cine. Durante ese tiempo pudo haber desertado de la Unión Soviética, puesto que era un compositor conocido y reputado en todo el mundo, pero no quiso hacerlo. Julian Barnes escribió una ficción novelada sobre su biografía, El ruido del tiempo, donde reflexiona sobre las decisiones que el compositor tuvo que tomar en su vida, pero sigue manteniéndonos en la duda de si la colaboración con el régimen fue voluntaria o no. Creo que esta sinfonía deja bien claro que Shostakóvich supo mantener una distancia crítica con el régimen.



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