Hasta ahora es la serie cinematográfica más larga dedicada a un personaje y una de las más taquilleras. Quizá, por eso, nunca nadie se había atrevido a matar al personaje. Desde el punto de vista cinematográfico, la verdad es que poco importa puesto que, para sucesivas películas siempre se puede recurrir a historias que hayan pasado en un momento anterior a éste; pero, desde el punto de vista emocional, ¡hombre, eso se avisa! Cuando Daniel Craig, después de 15 años interpretándolo, dijo que ya estaba aburrido del personaje, lo cual es muy comprensible, no me imaginé que los productores y guionistas serían tan expeditivos y, en lugar, de esta solución optarían por una más que merecida jubilación.
Daniel Craig, desde un punto de vista emocional, es el James Bond más complejo y más oscuro de toda la saga. Es brutal y sexy como Sean Connery aunque más moderno, sobre todo en sus relaciones con las mujeres. Un James Bond más humano y menos personaje de cartón piedra. Junto con Skyfall, donde Bond se enfrentaba a la muerte de un ser querido, esta es la película más emotiva de las que yo he visto. Será por la excepcional reaparición (ninguna chica Bond había repetido película) de Lea Seydoux interpretando a la doctora Swann. Le sobra una n para ser un cisne pero actúa tal cual, con elegancia y delicadeza y, con su dulzura e inocencia, es capaz de hacer olvidar a Vesper Lynd.
Lo peor de esta película, sin duda, es el malo, aunque cuente con una buena interpretación por parte de Rami Malek. Él es Lyutsifer Safin, su nombre casi casi se pronuncia como Lucifer y con eso ya se dice todo. Safin resulta ser un malo demasiado sofisticado, demasiado parecido a otros malos, demasiado fuera del mundo real, demasiado plano, demasiado siseante, demasiado serpiente y, además, resulta ser demasiado demasiado. Sobre todo porque es increíble que haya matado a la madre de la doctora Swann delante de ésta, cuando era apenas una niña y no haya envejecido en los últimos 20 años. Como malo tiene poca chicha. Sin embargo, sí que resulta mucho más inquietante el arma que ha diseñado para terminar con sus enemigos y con algunos de sus amigos también.
Es una nueva arma diseñada para matar selectivamente. El virus Heracles, virus tecnológico diseñado gracias a la genética de sus potenciales víctimas. Aterrador. Poco se ha hablado de esta característica tan específica de una arma que mataría por el simple contacto entre dos seres humanos, un abrazo, una caricia entre el infectado y su víctima serían mortales. Y Bond, James Bond está infectado y si, alguna vez, decidiera abrazar a la doctora Swann o a su hija Mathilde las mataría.
En fin. En esta última película aparece la nueva (sí, nueva) 007, pero esto no quiere decir que sea la nueva James Bond o Jane Bond o comoquiera que se les ocurra llamarla. Aunque, por otra parte, quizá la nueva James Bond ya haya nacido pero todavía tenga que crecer. Y no digo más.
Aparte de estas importantes novedades, la película dirigida por Cary Fukunaga despliega las bazas habituales de la saga. Una vida de lujo, sofisticación y elegancia en alguna costa caribeña y/o europea; un potente coche que se ciñe a las curvas y desafía a los acantilados tal y como James Bond ciñe la cintura de sus compañeras de aventuras; la dosis correcta de alcohol y sol, elegantes trajes; persecuciones vertiginosas y peligros inminentes sorteados con suerte, disciplina y maestría.
Queda fuera de este post hacer un estudio sobre la imagen de las mujeres en toda la saga Bond. Como primera aproximación queda la sensación de que la representación de las mujeres evoluciona según lo van haciendo nuestras sociedades occidentales. Son mujeres cada vez más poderosas e inteligentes, no meros objetos y objetivos sexuales para el mujeriego más mujeriego de todo el cine mundial.
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