Bernardo Atxaga es el pseudónimo de José Irazu Garmendia, novelista,
poeta y ensayista en vasco y en castellano. Fue Premio Nacional de Narrativa en
1989 y Premio Cesare Pavese de Poesía en 2003, entre otros. Otras obras suyas: Obabakoak, El hijo del acordeonista, El
hombre solo.
Mi opinión.-
Hace mucho tiempo leí El
hombre solo y me pareció una buena novela sobre gente que trata de rehacer
su vida. Esta otra novela tiene esa misma inspiración. En ninguna de estas dos obras se
mencionaba ETA, pero podría sobreentenderse que hablaba de ella al mencionar a “la
organización”. No creo que evitar el nombre sea por miedo, quizá es una
licencia literaria para abarcar un mayor número de público.
El autobús como microcosmos. Nueva vida
Me ha sorprendido gratamente que la protagonista de esta
novela sea una mujer. Una mujer que sale de la cárcel Modelo en Barcelona y emprende un viaje de retorno hacia su hogar en Bilbao; un viaje que será emocional. En realidad tendrá que crearse su
propio hogar y recomenzar una nueva vida porque ya no puede volver atrás. En el trascurso de esas horas, de viaje en autobús, da
a conocer al lector su historia y su manera de pensar y de vivir y asume la responsabilidad
sobre su vida. Errores y aciertos.
Cárcel Modelo, Barcelona.
La novela es bastante clásica en su estructura y en su
lenguaje. Pero es valiente teniendo en cuenta que se escribió en 1995 y que
trata el tema del arrepentimiento entre los etarras presos. Algo que la banda
terrorista no supo asimilar y qué frecuentemente castigó con la muerte o el
ostracismo social del arrepentido/traidor. Como sucedió con Yoyes, asesinada en
1986.
Desde el autobús también se ve Zaragoza.
Así que el espacio reducido de un autobús sirve de
transición entre la celda donde la protagonista ha pasado los últimos años y la ría de Bilbao donde tendrá que volver a empezar. En ese espacio reducido la mujer,
Irene, tendrá que recuperar la habilidad para tejer relaciones con extraños
porque su mundo anterior, tanto su familia como sus compañeros de militancia la han rechazado. Antes, cuando pertenecía a la
organización, ésta se encargaba hasta de organizarle su vida sentimental y de
aconsejarle sobre la no conveniencia de enamorarse de ciertas personas. Entonces,
su familia tampoco compartía su manera de vivir. Así que ahora ni unos ni otros
le darán su apoyo.
Bilbao. Destino final
Me ha gustado mucho que el personaje principal fuese una
mujer. No sé si ha sido elección consciente del autor o no que se llame Irene,
Paz, y que haya estado en un grupo terrorista. Quizá sea una manera sutil de poner
de manifiesto la incoherencia humana. Me ha gustado también que se trate de una
mujer valiente que sabe asumir sus decisiones y que piensa seguir decidiendo su
vida exactamente igual, asumiendo sus errores; y que es capaz de criticar a un
hombre que no ha sabido ser su amigo.
Irene, interpretada por Ainhoa Aierbe
Irene es una mujer que tiene que reinventarse a partir de
las cosas que tiene porque todas las personas que había a su alrededor le han
fallado. Y que, entre esas cosas que cimentarán su nueva vida, haya elegido
libros me parece una sana elección. La literatura la salvará. Y esos cielos, también. La constante referencia a pedazos de cielo que ve a través de la ventanilla del autobús, es una promesa no de libertad, sino de vida. También se hizo versión cinematográfica; pero no puedo opinar porque no la he visto.
El autor.- Daniel Innerarity es catedrático de filosofía política y
social en la Universidad del País Vasco y profesor en el Instituto
Universitario Europeo de Florencia. Es también colaborador habitual en la
prensa escrita, El País y La Vanguardia. Ha recibido varios
premios, Premio Euskadi de Ensayo 2019 por Política
para perplejos ypor su trayectoria
y en el año 2004, Le Nouvel Observateur
le incluyó en su lista de 25 grandes pensadores del mundo. Otras obras suyas: Una teoría de la democracia compleja, La
política en tiempos de indignación, La sociedad invisible.
Mi opinión.- El autor define su libro como “reflexión filosófica de
urgencia”. Aquéllos que se están quejando de que un filósofo ostente el puesto
de Ministro de Sanidad, durante esta grave pandemia que estamos padeciendo, no
sé qué pensarán de esta reflexión de un filósofo. A mí, además de urgente me parece muy
necesaria sobre todo porque extenderá su alcance más allá de los tiempos de la
pandemia.
Parece que el modelo de democracia en el que hemos crecido
se ha agotado y la realidad impone reformas y actualizaciones en todos los
ámbitos de nuestra vida. Como dice Innerarity esta crisis pandémica también ha
servido para revelar las deficiencias estructurales de un sistema complejo.
Esta sería la palabra clave de este pequeño ensayo, complejidad. Lo que se
acaba es el mundo basado en las certezas, en la existencia de seres invulnerables
y en la autosuficiencia. Traducido, podríamos decir que se acaba o debería
acabarse la arrogancia europea; y en un sentido más amplio, la arrogancia
occidental. Pero, ¿eso no se había acabado ya después de la II Guerra Mundial? Parece ser que no.
Hemos aprendido que el esfuerzo, el conocimiento y la
ciencia tenían como aplicación práctica primordial el control del medio en el
que vivimos, el control de la naturaleza en provecho del ser humano. Pero
siempre hay imprevistos, cosas que se nos escapan, aunque nos olvidemos. Hoy, a causa de un nuevo virus
capaz de poner patas arriba nuestro mundo, de norte a sur y de este a oeste;
ayer, por una inundación, un incendio, un atentado terrorista o cualquier otra enfermedad aparentemente
controlada.
Ahora es tiempo de aprender, y de que políticos, filósofos,
sociólogos y demás científicos enseñen al resto, que a medida que la investigación
científica amplía nuestras posibilidades de saber también amplía el no-saber y
la incertidumbre hasta llegar a una situación de incertidumbre sistémica; y
también debemos aprender que la investigación científica requiere tiempo, recursos, personal e instalaciones y sobre todo paciencia, mucha paciencia y humildad para asumir su inevitable fracaso. Algo así como si siempre tuviéramos
que andar sobre una cuerda floja, a punto de caer al vacío, sin red.
Desde una perspectiva sistémica nos encontramos con un
sistema sociopolítico complejo, gobernado por la incertidumbre y atacado por
fuerzas desconocidas e invisibles. El primer paso para tomar las riendas de la
nueva situación sería reconocer esta fragilidad de nuestros sistemas y promover
una gobernanza guiada por la inteligencia colectiva y cooperativa que nos
llevase a pensar sistémicamente pero que, sobre todo, nos impulsase a entender
lo que los sociólogos llaman diferenciación
funcional. Es decir, que ya no vivimos en una sociedad compacta y homogénea sino
sofisticada y compleja, con diferentes lógicas que a menudo son contradictorias entre sí, aunque deban complementarse.
Lo hemos visto durante la pandemia. Es terrible pero no podemos
permitirnos caer rendidos ante la lógica sanitaria y pasar un confinamiento
eterno, que destroce la economía, hasta que surja la vacuna que nos permita volver a vivir; pero tampoco
podemos dejarnos llevar por la lógica de la economía y la productividad y salir
a la calle como si nada estuviera pasando. Ese es el desafío de la complejidad,
hallar un equilibrio que nos permita sortear el virus y relanzar la economía
sin arriesgar la salud de los ciudadanos y ciudadanas. Además, se impone también asimilar nuevas enseñanzas y entre ellas, la más importante, es desarrollar una
cierta habilidad para gestionar el riesgo y aprender a vivir con él. Lo que
traducido sería encontrar una nueva ética de la responsabilidad, individual y
colectiva. Muy recomendable.
Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus
Marta Sanz es doctora en Literatura Contemporánea.
Cincuentañera o casi. Finalista y ganadora de varios premios literarios, entre
ellos el Premio Ojo Crítico de Narrativa en 2001. Otras novelas suyas son: Black, black, black, Daniela Astor y la caja negra, La lección de anatomía. Recientemente ha publicado también un
ensayo titulado Monstruas y Centauras.
Y un libro de cuentos con mucha retranca: Retablo.
Además ha sido comisaria de esta exposición: Benito Pérez Galdós. La verdad humana. Vamos que no para.
Mi opinión.-
La referencia a Dashiell Hammett ya es toda una declaración
de intenciones. Ya sabes que esta novela no va a ser amable contigo y que va a
escudriñar los rincones oscuros de las almas de las personas. No es fácil de
leer tampoco. La autora califica su estilo de escritura de barroco rojo.
Profusión de palabras lanzadas con toda la fuerza de un proyectil pero que
fueran detenidas por un muro imperceptible, un muro de cristal situado a pocos
centímetros de la boca.
La novela está estructurada en tres partes, separadas por
unas lecturas que deben hacerse lentamente, como masticando las palabras.
Apenas unas páginas que aíslan unos capítulos de otros y donde el protagonista
es el orfeón siniestro de los muertos en cunetas. Es un coro deslenguado,
macabro y paradójicamente, lleno de vida. Hipercrítico y con muchas ganas de
gritar porque intuye que caerá nuevamente en el olvido, si Paula no lo remedia.
Esta parte para mí, es un ejemplo de virtuosismo en el dominio del lenguaje. Paula es una mujer de mediana edad, guapa y coja,
funcionaria, que ha decidido participar en una excavación dirigida a recuperar
los cuerpos de asesinados durante la Guerra y la Posguerra civiles y que todavía
no han tenido la sepultura que merecían. Es una novela sobre la memoria
histórica y, especialmente, sobre la desmemoria. En mi opinión es profundamente
desesperanzadora. Porque hay muchos que no quieren recordar, aunque recordar no
les perjudique.
Ya he dicho que no era una novela fácil. A veces se hace
incluso demasiado farragosa. Esto me ha pasado con el último capítulo,
durísimo. No sólo por las situaciones atroces que describe crudamente pero, al
mismo tiempo, evitando dar detalles y evitando regodearse en ellas. Sino porque
después de 200 páginas vemos que todo ha sido producto de la banalidad del mal.
Y, a partir de entonces, ya no hay esperanza.
Porque si la maldad está inspirada sólo en la codicia quedará
repartida a partes iguales entre todos los habitantes del pueblo y, entonces, será
siempre imposible de erradicar. Porque si la maldad no tiene un origen ideológico y Franco hubiese perdido la guerra y la república hubiera subsistido, Jesús Beato se hubiese hecho de oro denunciando a falangistas; porque su dios es el dinero. Y eso es lo que más desesperanza me causa. La codicia.
Me gustaría que la autora escribiese una novela
sobre el personaje central de ésta, Jesús Beato, nombre elegido, para saber qué
había sufrido en su vida, qué le hizo ser como es, qué le carcomió el alma
antes de llegar a Azufrón. Azufrón es el pueblo donde se desarrolla la novela.
Reconstruido con palabras, olores y sabores o con palabras, tufos y sinsabores. Un pueblo amargo no sólo por lo que
oculta sus zanjas.
Esta novela termina la trilogía que la autora ha dedicado a
su detective Arturo Zarco, pero él nunca tiene voz en la historia. Parte de la
novela se desarrolla epistolarmente entre Paula y Luz, hasta que ésta última
toma el protagonismo absoluto. No entiendo muy bien por qué la autora lo ha
querido así, para mí añade un poco de confusión y dificultad a la trama.
Hablaba antes del estilo barroco rojo. Al final me quedo con la sensación de
ser uno de los enterrados sin ceremonia y sin ataúd, con la boca llena de
tierra como el narrador tiene la boca llena de palabras que brotan y se
atropellan unas a otras con mucha emoción y rabia. Muy recomendable y para leer
más de una vez.
Mariano Gistaín es periodista y escritor de ficción. Nació
en Barbastro pero vive actualmente en Zaragoza. Otras obras suyas: El entierro de Líster, La mala conciencia.
Mi opinión.-
Cuando las distintas dimensiones de la ciencia nos ofrecen cierto
tipo de descubrimientos, de aquéllos en los que no queda muy claro si
resultarán ser un avance o no, recurrimos a la literatura para espantar miedos.
Así lo hicieron algunos autores y autoras de renombre como Mary Shelley que, visto
el poder de la electricidad recién descubierta, se inspiró en ella para dar
vida/resucitar a su monstruo, que no se llamaba Frankenstein, y que se ha
encargado de aterrorizar a mucha gente durante los últimos dos siglos, entre
otras cosas porque esa misma gente no se ha molestado en leer el libro.
Todo empieza en la calle Bolonia
Algo parecido ha hecho Gistaín con la posibilidad de criogenización
de todo el cuerpo, de sólo la cabeza o sólo el cerebro, o sólo los recuerdos, o
una simple digitalización y posterior ocupación del cuerpo de un comatoso. En
fin que hay distintas versiones para todos los bolsillos. Y todo ello con mucho
humor y mucha retranca.
Criogenización de cuerpo entero
Además ha situado la acción en Zaragoza y eso siempre está
bien y también ha introducido frases y expresiones propias y eso hace mucha
gracia. ¿Qué quieres, pollico? A mí me hace mucha gracia.
Los inversores mexicanos se parecen a él.
El protagonista está harto de su vida y responde a un
anuncio por casualidad. Un anuncio que ha sido diseñado para él por el célebre
método de “crear ficciones para producir realidades” (me pregunto si los
historiadores catalanazis conocen este método). Así se embarca en una aventura
que no saldrá mal del todo. Además su madre está casi en estado vegetativo como
consecuencia del Alzheimer y participando en ese experimento conseguirá unas
pastillas que le darán una nueva y juvenil vida, una nueva vida de narcomadre.
Además el prota ligará, ligará mucho y con mujeres muy majas y muy inteligentes.
En la calle Zurita tiene su despacho el detective cultural,
junto a su otro negocio de limpiezas
De esta trama surge otra trama subordinada que deriva en una
novela de investigación policíaca con la participación del detective cultural
Luciano Gracia. Se trata de localizar un cuento escrito en los años 1970 y que
tiene la capacidad de transportar a quien lo lee a un bar donde se puede encontrar
con los escritores inmortales. Lógicamente son inmortales aquellos escritores a
los que se sigue leyendo. Entre ellos está, Mary Shelley. ¡Qué imagen tan
bonita ésta de un bar donde pueden encontrarse los escritores porque hay
alguien que todavía los lee y los sigue recordando! Sólo por esa imagen ya vale
la pena leer la novela. Muy recomendable.
Marguerite Duras nació y vivió su adolescencia en Saigón
cuando parte del Sudeste asiático era colonia francesa, quedando reflejada esta
circunstancia en varias de sus obras. Se trasladó después a estudiar a París y
cuando estalló la II Guerra Mundial se incorporó a la Resistencia contra la
invasión nazi. Fue también guionista y directora de cine y Premio Goncourt.
Otras obras suyas: Un dique contra el
Pacífico, La amante inglesa, El amante de la China del Norte.
Mi opinión.-
Leí esta novela en el momento de su publicación en España y
en la traducción de Ana María Moix y me quedé con la historia erótica. Hoy que
he vuelto a leerla he descubierto que hay otra historia más trascendente. La
historia familiar marcada por el fracaso y la pobreza, por la brutalidad y la
muerte. Por curiosidad he contado las páginas que dedica a una y otra y el
resultado es Erotismo 38-Familia 55. Sin
embargo, recordamos con mucha más intensidad la historia erótica. Somos así de
morbosillos.
Sin embargo, en esta segunda lectura, el personaje de la madre
me ha parecido mucho más importante que el del amante. Una mujer que pensó
hacer fortuna en las colonias y que fracasó estrepitosamente. Todavía
relativamente joven se quedó viuda con los tres hijos pequeños y después de
intentar varios negocios, varias explotaciones agrarias todos resultan ser una
ruina. Se ve abocada a la pobreza y la vergüenza delante de sus familiares y
todo ello condiciona la relación con sus hijos. Dos chicos y una chica.
Respecto a la hija, la madre duda. No sabe si avergonzarse
de ella por la relación que mantiene con el chino o empujarla a que siga
teniendo esa relación para que pueda escapar de la pobreza; le permite llevar un viejo vestido de seda que, con la humedad y el calor, se pega a su piel contorneando su cuerpo y exhibiéndolo a los ojos de todos y exige a la directora del internado donde vive su hija que le dé libertad.
De los tres hijos,
sólo el menor tiene nombre, Paul. El hijo menor es sensible y enfermizo. Morirá
pronto. El hijo mayor, en cambio, es el preferido de la madre, quizá porque piensa que él está obligado a sacarla de la miseria. Sin embargo, es violento, jugador empedernido, fumador de
opio y futuro delincuente y colaboracionista con el régimen nazi, capaz de robarle y de sumirla todavía más en la desesperación. Es un
abusador que no dudaría en explotar la belleza de su hermana como prostituta y
tampoco en matarla de una paliza si esto se supiera. De alguna manera, durante toda la narración se percibe la
presencia del destino y de la predeterminación y del intento reiterado e inútil
de trasgredir y romper con esa predeterminación. Ni siquiera trasgredir el
orden establecido, nos facilita la escapatoria de lo que está escrito para cada
uno de nosotros. La protagonista tiene 15 años cuando comienza su relación con un
hombre de 26; son de clases sociales y de razas diferentes. En definitiva,
todos los obstáculos posibles para que la relación que, ninguna de las dos
familias considera conveniente, no prospere.
Marguerite Duras escribió
años más tarde El amante de la China del
Norte en la que insistía en la misma historia y que he vuelto a releer
también. En esta segunda novela, la escritura es más luminosa. Aparecen las
mismas escenas, recreadas y ampliadas, y los mismos personajes excepto Thanh,
un sirviente prohijado por su madre y que parece ser de la misma edad que los
hijos que en la primera novela no salía. La niña muestra su deseo no consumado
también por este personaje. Además, sí que la niña confiesa en esta segunda
novela el amor incestuoso por el hermano pequeño y también su enamoramiento de
Hélène Lagonelle. El personaje más cambiado, no obstante, es el chino. Se
muestra como un hombre más adulto aunque sigue estando abrumado por la pérdida
de ese gran amor, mucho más dolido que la niña.
También se hizo una
adaptación al cine de la primera novela con la que la autora no estaba
conforme. En esa adaptación del año 1992 el director, Jean Jacques Annaud, se
centró casi exclusivamente en la historia erótica, recreándola visualmente de
manera explícita. Lo que la autora no hacía en el libro. En cualquier caso,
recomiendo leer la novela y ver la película para comparar. Yo me quedo con la
novela. De todas maneras, en la segunda novela, la autora dio indicaciones como
si se tratase de un futuro guion de cine.
Bueno, sí. He leído mi primera novela de Corín Tellado. La culpa la tienen los expurgos de las bibliotecas públicas de Zaragoza; si no, yo no encontraría cosas así. No creo que repita la experiencia, pero tengo que reconocer que no es tan diferente al fenómeno 50 sombras de Grey; aunque no haya sexo explícito en Corín Tellado, algo de “recochura” no falta. Cito textualmente: “Quedó erguido, enfundado en el pijama, con la pechuga al aire, velludo y fuerte”. Pues eso, “recochura” ¡Pobre Corín!, viviendo la posguerra española supongo que le fue imposible abordar más abiertamente el deseo libidinoso.
El argumento de No me pesa quererte lo podéis imaginar: historia de amor con carrera de obstáculos. Janis y Guido, exóticos nombres, son un joven matrimonio, enamorado y apasionado, al que la madre de ella (que finge una enfermedad para no quedarse sola) le hace la vida imposible. Hay final feliz… y divertido.
Corín Tellado murió hace poco tiempo, en el año 2009. Durante 50 años se dedicó a escribir, siempre en el género rosa-más-rosa-más-rosa-de-todo-lo-rosa; fueron unos 4.000 títulos. ¡4.000 libros! Bien es cierto que repetía siempre la misma trama y que las novelas, por lo menos la que yo he conseguido, se leen en 20 minutos (es una miniatura de libro de apenas 120 páginas y de 10x15 cm.). Pero aun así son 4000 títulos. En el año 2000, todavía publicó una novela en internet y algunos de sus libros fueron también al cine.
Andrés Amorós, catedrático en la Universidad Complutense e historiador de la literatura española, escribió un libro analizando diez novelas de Corín Tellado, Sociología de una novela rosa. En este ensayo empieza hablando de la cultura de masas y de la idea (errónea) de que la cultura es algo sagrado y cubierto de polvo, encerrado en una urna y destinado a no-se-sabe-qué tipo de culto. Para él, la cultura también debe tener sitio en la calle y afirma que la división entre literatura culta y literatura popular, que nos parece un invento de mitad del siglo XX, ha existido siempre. Lo novedoso es la difusión que ahora tiene la literatura popular, que se va incrementando exponencialmente. Hoy ya no podemos decir que las 50 sombras de Grey, sean literatura popular, porque el fenómeno ha pasado a ser literatura de difusión planetaria.
Decía el profesor Amorós, en su libro, que las lectoras podían reconocerse con toda facilidad, en estos personajes que sufrían mucho y obtenían su recompensa en el capítulo final. Y que probablemente por esto tenían tanto éxito. Es literatura de pura evasión para la frustrante rutina de muchas mujeres españolas, en los años 50, 60 y 70 del siglo XX. Teniendo en cuenta esto, habría que agradecerle a Corín Tellado que pusiera un poco de color e ilusión en unas mujeres, difuminadas entre la grisura del franquismo.
Sin embargo, a pesar de su gran éxito, yo no he podido encontrar a nadie que (reconozca que) haya leído estas historias. He preguntado a mis primas mayores y a las hermanas mayores de mis amigas (por si fuese cuestión de edad) y ninguna de ellas ha leído a Corín Tellado. ¿Qué pasa? Probablemente la mayor parte de las ventas fuesen en Latinoamérica, pero también puede ser que nos sonrojemos al reconocer que la hemos leído.
Yo creo que no debemos avergonzarnos nunca de lo que leemos; otra cosa es que nos aburra y lo dejemos. Todo esfuerzo por escribir, merece tener un lector comprensivo. Os lo digo yo, que sólo hace unos meses que llevo este blog y sufro para poder escribir una entrada semanal. No os animo a leer a Corín Tellado, pero ... qué me decís de la portada.
Seres perfumados, perezosos y con cabellos ondulados. Así es
cómo el Predicador define a las mujeres. La maldición de los hombres. La
primera vez que vi esta película me impresionó mucho. Sin duda, no es el tipo
de cine que debe verse cuando se tienen 12 años pero, entonces, cuando no había
cadenas de televisión privadas, podíamos ver cualquier tipo de cine en la 2 de
RTVE. No sé cómo los adolescentes y jóvenes de ahora conseguirán ver el cine
más clásico.
Charles Laughton fue un gran actor de cine y teatro que
consideraba la interpretación como una disciplina artística más. También fue
profesor de arte dramático y quiso trasmitir a sus alumnos que la
interpretación también era un arte; un arte situado a la altura del resto de
creaciones ya fueran éstas musicales, literarias o, en general, pictóricas.
Quizá por ello siempre arrastró fama de profesor muy exigente y de actor problemático
ante otros directores y actores. Estudió en los Jesuitas, igual que Hitchcock o
Buñuel (no sé si eso también contribuiría a esta fama de problemático).
Ya había triunfado como actor cuando a los 55 años se
propuso dirigir. Y para ello eligió adaptar la novela The night of the hunter de Davis Grubb perteneciente a lo que se
llamó gótico sureño y basada en
hechos reales. Contó con un equipo de colaboradores tan entregados como él;
entre ellos el escritor James Atgee. Sin embargo ni la crítica ni el público,
estadounidense o británico, supieron apreciar el resultado y La noche del cazador no fue considerada
un clásico del cine hasta pasados muchos años.
Así, esta película quedó como la única que había dirigido
Laughton (casi a medias con Robert Mitchum, porque Laughton odiaba dirigir a
los niños y se encargó de ello el propio Mitchum). Y es una lástima que ésta
fuese su única película porque es una joya. Desde el punto de vista puramente
fotográfico, la película es una colección de distintas influencias: desde el
expresionismo alemán que ilustra los trances psicóticos del depredador, hasta
el teatro de sombras que sigue a los niños en su viaje por el río, ambas magníficamente
resueltas por Stanley Cortez. Y, desde el punto de vista narrativo, es una
crítica feroz contra el discurso religioso y los hábitos sexuales de la clase
media, la gran depresión y la violencia contra las mujeres.
En realidad, se trata de un cuento infantil o, mejor dicho,
de una tragedia vista y narrada desde los ojos de un niño que, inevitablemente,
se convertirá en un adulto al final de la película. Los niños huérfanos son perseguidos
por un ogro y, al final, encuentran un remanso de paz en casa de un hada
benefactora pero después de haberlo perdido todo.
La película tiene escenas memorables. El descenso del rio,
bajo la luz de la luna y las estrellas, con los dos niños en la barca, es la
prueba fehaciente del transcurso de la vida y de la madurez que el niño se verá
obligado a adquirir. Y la escena del lago con la madre muerta en el coche es, al mismo tiempo, terrorífica y poética. Es la
escena que he recordado siempre, desde la primera vez que vi la película.
Lilian Gish interpreta a la anciana Rachel Cooper. Dulce,
terrible y templada como el acero. Una mujer americana apaciblemente sentada en
la mecedora y apoyada en el rifle y en
la biblia, las dos únicas herramientas que tiene para defenderse a sí misma y a
los niños que acoge sin preguntar de dónde vienen. Robert Mitchum es el
predicador inspirado por el odio disfrazado de amor. Es el cazador implacable de
niños y viudas que, escondido tras la máscara de la religión, oculta los
afilados colmillos del maltratador psicópata sexual. Es la sombra amenazadora que
perturba el mundo idílico de la infancia una vez que ha asesinado a Shelley
Winters que interpreta a una provinciana viuda, estigmatizada por el delito
cometido por su anterior marido. Los niños son unos nuevos Hansel y Gretel
aunque esta vez no hayan sido abandonados en el bosque por sus padres. En definitiva una película imprescindible.
Director: Charles Laughton
Guion: James Atgee sobre la novela de Davis Grubb
Música: Walter Schumann
Fotografía: Stanley Cortez
Intérpretes: Robert Mitchum, Lillian Gish, Shelley Winters, Billy Chapin y Sally Ann Bruce