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lunes, 10 de febrero de 2020

Exposición de Pintura: De Rubens a Van Dyck. La pintura flamenca en la Colección Gestenmeier. Museo Goya.

Hans Rudolf Gestenmaier se instaló en España en 1962 y, considerando, que el coleccionismo es algo innato en el ser humano, como él mismo dice, empezó a dar rienda suelta a su instinto basándose, únicamente, en la belleza. En lo que él consideraba bello. Así, a través de su participación en subastas, ha creado una colección que destaca especialmente en pintura flamenca, desde el siglo XV al XVIII. Una vez retirado de sus negocios ha seguido acrecentando su colección y también ha decidido compartirla y exponerla en diversos museos del mundo, especialmente, en provincias españolas.


Parte de esta colección, De Rubens a Van Dyck. La pintura flamenca en la Colección Gestenmaier, se puede ver en el Museo Goya de Zaragoza hasta el 16 de febrero. Quedan ya pocos días para que acabe. Además, hasta el 12 de enero se pudo contemplar en el Museo del Prado, la donación de once obras que el señor Gestenmaier ha hecho, de pinturas de los siglos XIX y XX. Obras de Zuloaga o Anglada-Camarasa. No creo que se produzca una nueva donación a favor del Museo Goya de Zaragoza, pero podía considerarse la posibilidad de dejar alguna de estas obras en depósito.


Tríptico de la Resurección. Anónimo hispano-flamenco

Son principalmente pinturas al óleo y también algunos grabados. Las pinturas destacan por la viveza de sus colores que se trasmite a cualquiera de las temáticas utilizadas por los pintores. Ya sea pintura religiosa, mitológica retrato o paisaje, aunque especialmente estos brillantes colores se aprecian mejor en los bodegones y los cuadros de flores.  



Calvario. Adriaen Thomasz Key


Los cuadros de flores fueron muy populares a partir del siglo XVI, debido a la importación de plantas y, también, de animales exóticos de Asia y principalmente América. A mí nunca me habían gustado este tipo de cuadros, pero cada vez los aprecio más. Además, se combinaba la profusión de flores en guirnaldas con escenas religiosas y solemnes, recreando el misterio del paraíso o del jardín del Edén.

Guirnalda y Virgen con niño. Jan Brueghel el joven. 


Los pintores flamencos también fueron muy prolíficos en cuanto al grabado. Y es que, éste ofrecía la posibilidad de democratizar el noble arte del retrato y ponerlo a disposición de grupos sociales no tan económicamente solventes como la alta burguesía, la nobleza o la realeza. Exposición muy recomendable y quedan muy pocos días para verla. 


Jarrón de flores y guirnalda de frutas. Gaspar Pedro Verbruggen II





Venus, Baco y Ceres. Hendrick Goltzius



Naturaleza muerta. Detalles. Jan Van Kessel el viejo 



Mi cuadro favorito de esta exposición. Jarrón de jardín con flores de 
Gaspar Pedro Verbruggen II. 




lunes, 3 de febrero de 2020

Exposición: Los impresionistas y la fotografía. Museo Thyssen Madrid. Invierno 2020


La fotografía supuso una gran liberación para la pintura. Desde que se inventó ya no era necesario que la pintura fuese figurativa y reflejase con realismo la vida. Además, fue utilizada también para captar la luz y a los modelos en muy variadas situaciones de manera más rápida y fiable que unos bocetos tomados apresuradamente del natural.

Vista desde el Trocadero. Morisot


Aunque fuese una fotografía laboriosa y un poco tosca detenía el tiempo y captaba juegos de luces que hubiera sido imposible percibir sin ella. Los impresionistas la utilizaron con profusión. También la pintura influyó en la fotografía: los temas, los encuadres y la iluminación básica fueron los utilizados tradicionalmente por la pintura.

En la terraza de Sevres. Marie Braquemonde


La joven se muestra muy aburrida con su pretendiente, que tendría una edad más conveniente para su madre, que nos observa desde la experiencia. No se aprecia pero se ha quitado las gafas para no ver la realidad. 

Charles Marville

Esta exposición está estructurada en nueve ámbitos. Desde el bosque, que parece habitado por las hadas, hasta la ciudad, el retrato o el cuerpo en movimiento. El campo, el agua, la ciudad y los monumentos también tienen su espacio. En realidad, está todo aquéllo que entusiasmaba a los burgueses.

Reunión familiar. Bazille

El mar y sus reflejos también fue un recurso habitual. Las tempestades y el mar como amenaza y también como paso del tiempo y antesala del abismo. El campo, por el contrario, era un escenario de fiesta y relajación, donde hombres y mujeres podían cortejarse y disfrutar del aire libre.

Piraguas. Caillebotte

La fotografía y la pintura también se utilizaron para documentar. Hubo una ingente tarea para reflejar fidedignamente los monumentos históricos y utilizar esas fotografías traspasadas a pintura para liberar los juegos de luces en la piedra. Y también se tuvo en cuenta el progreso y las nuevas construcciones. Puentes, estaciones de ferrocarril, fábricas. Todo lo que conduciría hacia un futuro mejor. Se reflejaba de esta manera la era de la industrialización, que después tendría graves repercusiones en la vida de los obreros.

El valle del Huisne. Camille Silvy


Atardecer en Moret. Alfred Sisley
Las primeras fotografías de las ciudades son de los tejados. Los fotógrafos subían a las terrazas con los pesados aparatos y los trípodes y allí estaban horas y horas, pasando frío y pasando calor. Las grandes avenidas y los bulevares eran los bosques urbanos. Fotografiados y pintados con grandes puntos de fuga.

Fotografía de Olympe Aguado

El retrato es, por antonomasia, la seña de identidad del burgués enriquecido. Las damas emperifolladas se dejaban fotografiar y pintar con sus mejores galas. Llenas de lazos, puntillas, volantes, polisones y crinolinas. Los sombreros eran un mundo. Y los caballeros se encargaban de mostrar, con toda la opulencia que pudieran, su buena suerte en los negocios. El cuerpo y, sobre todo, el cuerpo en movimiento fue otro de los temas preferidos y ocasión para mostrar la desnudez y la perfección del diseño humano. Una exposición que no se puede perder. Ya quedan pocos días para que cierre.


Muybridge


Ruán. Monet y Aquille Quinet

jueves, 30 de enero de 2020

Exposición de pintura: Historia de dos pintoras. Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Museo del Prado. Invierno 2020

El Museo del Prado dedica su exposición más importante de la temporada Otoño-Invierno a Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Pioneras en el mundo de la pintura durante el siglo XVI. Ambas vinculadas al arte por lazos familiares.


Habían nacido en Italia en un momento en que la educación de las mujeres progresó y salió de los conventos. Pero aunque, tuvieron esa oportunidad de formarse, contactos para desarrollar una profesión y fueron reconocidas en su época, no crearon escuela. Eso mismo ha ocurrido en otras disciplinas artísticas o, en general, culturales. Existen mujeres que destacan en todas las épocas. Grandes literaturas, músicas, pintoras, fotógrafas, pero no crean escuela. Y no sé por qué.


Yo creo que es porque el desempeño de una profesión se vinculaba siempre a su excepcionalidad. Al haber sido hijas o esposas de otros pintores y como nota exótica se les permitía ejercer lo que para otras estaba prohibido. Al final, resultaba que su inteligencia no beneficiaba a otras mujeres. En fin.


Sofonisba Anguissola era de origen noble y su padre alentó la educación artística y el desarrollo profesional de sus hijas. Tampoco hay que exagerar. Había estudiado danza, música, literatura, dibujo y pintura; no había estudiado matemáticas, química, física o filosofía, ni mucho menos religión. Pero era una mujer muy culta. Llegó a trabajar para la Corte española de Felipe II, como retratista y profesora de pintura de la reina y de sus hijas, y también como dama de Isabel de Valois y Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia. Después regresó a Italia y se dedicó a pintar obras religiosas.


Fue muy reconocida en su época y tener un retrato pintado por ella era signo de distinción y riqueza. Aunque después parte de su obra se adjudicó a otros pintores hombres, como Juan Pantoja de la Cruz. Ha sido un posterior proceso de investigación y recuperación, ya en el siglo XX, el que ha devuelto la autoría a estas obras. Y siempre le acompañó fama de ser virtuosa. No sé qué significaría eso en la época ni tampoco ahora.



Lavinia Fontana había nacido en Bolonia. Su padre fue un pintor reconocido y ella se formó en su taller. Al principio como una broma, pero al final Lavinia llegó a tener su propio taller y fue reconocida como pintora por el gremio correspondiente. Demostró su maestría en los temas propiamente femeninos que eran bodegones, flores, y pequeños retratos en miniatura pero se fue fortaleciendo con el tiempo y también destacó en cuadros de formato mayor, pintura religiosa o retratos de grupo.



Su presencia en las colecciones españolas es mucho menor que la presencia de Sofonisba Anguissola. En 1578, un dominico español Chacón escribió a Lavinia para reclamarle un autorretrato suyo. Este religioso pretendía crear una galería de ilustres, de quinientos personajes, mitad hombres y mitad mujeres, en la que también estaría incluida Sofonisba. Es decir, que fue muy famosa en su época, pero también fue olvidada por los historiadores posteriores y considerada una mera anécdota. También es en el siglo XX cuando empieza a recuperarse su figura esperemos que sea de manera definitiva y que no se vuelva a olvidar. No se conocieron personalmente pero sí que ambas tenían referencias de la otra. En el Museo del Prado hasta el 2 de Febrero.


La princesa Juana de Austria fue también un personaje excepcional. Hermana de Felipe II había ejercido la regencia en varios momentos por ausencia de su hermano. Se casó con el heredero de la Corona de Portugal y tuvo un hijo con él, pero a su muerte volvió a la Corte española. Se dice que fue la única mujer que profesó como jesuita por una dispensa especial del papa. Sofonisba la retrató a pesar de que ella no quería posar. Le parecía que en los cuadros los pintores resaltaban demasiado su gran nariz.


En estos dos autorretratos de Sofonisba se aprecian claramente sus ojos verdes. El primero es de 1554, así que tenía 19 años. Y el segundo de un par de años más tarde y en él está mostrando otra de sus habilidades, la música.



Lavinia Fontana también se autorretrató tocando la espineta en 1577. Aparece vestida mucho más ricamente. Lleva joyas y sus vestidos son de suntuosas telas. Parece que se pintó para anunciar el compromiso de Lavinia con Giovanni Paolo Zappi. Junto a la ventana aparece un caballete. Quizá, Lavinia, quería dejar muy claro que no abandonaría la pintura por el matrimonio, aunque después tuviese once hijos.


Bianca Ponzoni era la madre de Sofonisba Anguissola. Una dama de la alta aristocracia que se creía descendiente de una familia noble romana. Lo que más me llamó la atención de este cuadro es la piel de marta que tiene en el regazo. Es un quitapulgas. Parece que se puso de moda llevar estas pieles como adorno. Después de desollar al animal se adornaba su piel con una cabeza y garras de algún metal noble y se ataba a la cintura con una larga cadena que, en los mejores casos, era de oro. Ni idea de porqué se llamaba quitapulgas. Hoy resulta un poco asquerosillo.



Este Retrato doble de matrimonio de Lavinia Fontana pertenece al Museo de Zaragoza y se ha prestado para esta exposición. Es un óleo sobre cobre de pequeño tamaño que hacía fácil transportarlo. No se sabe quién era la pareja pero debían de ser muy ricos porque hasta el perro lleva un lujoso collar.



Este Retrato de caballero (Senador Orsini) es el que más me ha gustado de Lavinia. Me gusta, especialmente, cómo la luz de la ventana nos conduce hasta la esquina superior izquierda donde está la biblioteca, y los detalles de la mesa: el reloj de arena, el libro y el tintero. Una maravilla. 




Qué interesante que señale con tanta contundencia el camino de la felicidad.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Exposición de pintura: Azul. El color del modernismo. CaixaForum Zaragoza.


El siglo XIX fue una época de grandes avances técnicos. Comenzaron los grandes desplazamientos en tren o en barco, el despegue de las comunicaciones, avances en ciencia y medicina, el inicio de la sociología como ciencia. Y también los hubo en arte y concretamente en pintura. Y no es sólo que los pintores se sintiesen más libres para explorar distintas temáticas y los límites del oficio, sino que el progreso científico les puso las cosas más fáciles. Se inventó el tubo de pintura. Sí, en 1841. Y fue una liberación.


Hasta entonces el pintor y sus lienzos difícilmente podían salir al aire libre a pintar. En primer lugar, tenían que machacar minerales para conseguir pigmentos que después mezclarían con alguna sustancia que sirviese de vehículo al color. Después, tenían que experimentar pacientemente hasta conseguir el tono que estaban buscando y poder replicarlo cada vez que lo necesitasen. Y por último, los pigmentos minerales, machacados hasta convertirlos en polvo, eran muy caros y no podían arriesgarse a que una ráfaga de viento los dispersase por el ambiente. 

Procesión funeraria de noche. Modest Urgell

Entre los pigmentos, el azul era de los más caros y casi siempre reservado para los retratos de la nobleza y la realeza. En la memoria nos quedan expresiones como la de el príncipe azul que no es que fuera azul es que iba vestido de azul porque los tejidos azules eran más difíciles y caros de conseguir. Seguro que el Príncipe Azul podría pasear por este calmado Templo a las ninfas de Torres-García.


Podemos imaginarnos la liberación que, para los pintores, supuso el humilde tubo de pintura y también la estandarización de los diferentes tonos que terminaban bautizándose con un prosaico número. Así cada número de azul siempre, eterna e infaliblemente, sería igual a sí mismo. Bastaría con desenroscar el tape y apretar el tubo para asistir a un milagro de la ciencia. El azul ultramar, el azul cobalto, el azul de Prusia o, incluso, el azul celeste siempre eran azul ultramar, azul cobalto, azul de Prusia o azul celeste. Daba igual dónde se hubiese comprado el milagroso tubo.


El azul era tan exótico como encontrarse en el bosque a una hada que quisiera contarte un cuento. El del pájaro azul. Un pájaro tan extraño que sólo los más puros de corazón podían encontrarle. Sólo las niñas. El hada parece asustar a una de ellas, pero la otra la escucha con avidez. Nadie se pregunta qué hacen esas dos criaturas solas en el bosque. Quizá sea tratar de escapar de la pobreza. Cuento Azul de Tamburini.


A partir de entonces, los pintores con sus maletas llenas de tubos, pinceles y lienzos, empezaron a buscar la inspiración en la naturaleza, directamente, en la naturaleza. Podían pintar bajo paisajes tormentosos, al amanecer, en el crepúsculo. Podían buscar todos los matices azules y violetas del cielo y del mar. Pero algunos no se contentaron con eso. Y los colores se vincularon con las emociones humanas. El azul fue, a partir de entonces, un determinado estado de ánimo. La tristeza, la pérdida, el adiós, el frío. Y también el mundo ideal y la ensoñación. Ya no era sólo un color, era una profunda emoción.


También fue el color de la desolación y de la injusticia social; del descanso de una larga jornada laboral en el mar, Recuerdos de Baixeras Verdaguer. Algo que los clientes burgueses no querían ver en sus casas decoradas con paisajes irreales. Hermosos paisajes aunque fuesen tormentosos, apasionadamente tormentosos. Como éste Mar tempestuoso de Martí Alsina en el que, incluso, parece surgir un monstruo fantasmagórico de la espuma del mar.


En esa vinculación se basa la exposición de CaixaForum Zaragoza. La relación entre paisajes, fenómenos naturales y estados de ánimo se hace poesía en el Modernismo y tiene su plasmación pictórica. Esa poesía, concretamente el Azul de Rubén Darío es de donde surgió la idea para esta exposición. En el azul se encuentra el momento para la ensoñación y la búsqueda de las flores azules. Hasta el 19 de enero de 2020.


































Lago de Nemi y detalles. Mas i Fondevila




Paisaje urbano con figuras, Graner i Arrufí
 
Le lac de la mort, Fabrés Costa

Orage en montagne. Arc-en-ciel, Perrier