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jueves, 28 de mayo de 2020

Cuentos: Supervivientes de Java Rosenfarb (2004)


La autora.-
Java Rosenfarb está considerada como la escritora en yiddish más importante del siglo XX. Sobrevivió al Holocausto después de pasar por el gueto de Lódz y varios campos de concentración. Terminó viviendo en Canadá donde, completamente dedicada a la escritura, intentó rehacer su vida. No se ha traducido ninguna de sus otras obras al castellano: The tree of live, Bociany, Of Lodz and love. 

Mi opinión.-
Editar un libro de relatos debe ser bastante difícil. Creo que debe encontrarse una unidad temática, en este caso la hay, pero también debe haber una unidad de estilo que, para mí, en este caso no se cumple. El libro lo componen seis cuentos, aunque el último sería más una semblanza biográfica, y todos ellos tienen como denominador común que su protagonista es un superviviente. Sin embargo, no todos ellos tienen el mismo estilo ni siquiera una longitud similar. Resultan, de esta manera, poco armónicos entre sí. Respecto a la traducción, existen algunas palabras en polaco, alemán o yiddish que tienen su explicación en la correspondiente nota al pie de página, pero otras no y no sé a qué se debe esta diferencia de trato.

El uniforme despersonalizador

En El novato se relata el difícil proceso de reincorporarse a una vida cotidiana y banal como la que solemos llevar todos. Un superviviente de los campos de concentración aprende nuevamente a trabajar, a hablar con sus compañeros, a negociar un contrato laboral. Sin embargo sigue sintiendo frío a pesar de llevar un abrigo fuera de temporada y de trabajar en un taller de planchado de ropa.

Las literas inmundas
Último amor es la historia de Amalia, enferma terminal de tuberculosis y su marido Gabriel, un escultor con cierta fama. Regresan a París donde se conocieron para cumplir la última voluntad de Amalia. Los únicos motores de su vida han sido la supervivencia y la pasión erótica, por eso, pretende vivir una última experiencia sexual con un hombre más joven, con un desconocido al que Gabriel tendrá que convencer. Jean Pierre será el tercer vértice del triángulo y verá su vida afectada gravemente por esta mínima relación con Amalia. Es el cuento más largo y produce tantos cambios de protagonista que resulta demasiado confuso para desembocar en un final que yo considero estrafalario.

La vajilla que se permitió llevar a los condenados
Un viernes en la vida de Sarah Zonabend muestra la soledad de una superviviente a pesar de haber rehecho su vida, estar casada y tener dos hijos. Sigue siendo inestable emocionalmente. Seguimos su divagar y llora sin motivo, odia y se enamora al mismo tiempo de un cartero al que no conoce, quiere escapar de su casa y finalmente decide continuar escribiendo su diario. Después de leerlo queda una sensación de amargura: haber sobrevivido al exterminio para llevar una soledad existencial absoluta.

La olla para cocinar los comistrajos
El comienzo de La venganza de Edgia me ha parecido terrible. Parece existir una ley perversa que gobierna la psique de los supervivientes y que les impide salir del campo de exterminio. En el campo sólo existe el deseo de supervivencia a cualquier coste, incluso convirtiéndose en kapo, en cómplice de los torturadores. El campo se había convertido en el único universo posible y los guardas eran los dioses. Cuando el campo termina, los kapos tienen miedo de que se les reconozca y esperan ser víctimas de una venganza que quizá no llegue.

Las maletas para viajar hasta el exterminio

En Pajarillo rojo la protagonista se enfrenta al drama de haber sobrevivido a su pequeña hija y de verla revivir en cualquier niña que conoce. Sus alucinaciones le hacen descuidar su vida actual y perder la única posibilidad de rehacer su existencia.

Las máscaras para que los guardianes no se envenenaran
El último poeta de Lódz no es un cuento de ficción. Lódz fue el segundo gueto más grande de Polonia después del de Varsovia. Sobrevivió casi hasta el final de la guerra y fue un goteo constante de deportados hacia los campos de exterminio. Aun así, la gente se acostumbró a sobrevivir allí y los poetas como Shayevitch siguieron escribiendo, conscientes de que su obra se perdería y de que el único medio de resistencia en esas condiciones brutales del gueto es cuidar del espíritu propio.

El gueto de Lódz

Las fotografías de este post están tomadas de exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que vi en Madrid en Mayo de 2018. Conviene recordar siempre.








Java Rosenfarb
Supervivientes
Xordica Editorial

Trad. de Daniel Gascón


miércoles, 23 de mayo de 2018

Exposición: Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos.


Oswiecim, antiguamente se traducía en castellano como Osvecimia, es una pequeña ciudad de Polonia de unos 50.000 habitantes y muy cerca de la frontera con Alemania. Esta ciudad recibe muchas visitas de “turistas” pero sus ciudadanos se quejan de que apenas pasan tiempo en la ciudad (y que apenas dejan dinero) porque prefieren visitar las instalaciones que quedan del antiguo campo de concentración nazi de Auschwitz, a unos 3 kilómetros. Los nazis llamaron así a la ciudad y a su campo de exterminio. Auschwitz.

Oswiecim, hoy

En realidad se trata de varios campos conectados y cada uno destinado a una función. Campos de trabajo y campos de exterminio. Allí fueron enviadas casi un millón y medio de personas, un 90% de ellas eran judíos de toda Europa, y fueron exterminadas cerca de un millón. La vida en un campo de trabajo conducía a la muerte y estaba pensada para que así fuera. Enfermedades, mala alimentación, trabajos duros y maltrato se encargaban de matar a los presos; incluso se calculaba la comida para que fuese lo suficientemente escasa.


Pero los campos de exterminio eran mucho más sofisticados y los jerarcas nazis competían para ser los más eficientes. En Auschwitz la gente era exterminada en cuanto bajaba del tren. Llegaban en tren de todas partes de Europa e incluso les hacían pagar el billete, billete de ida únicamente. Habían sido sacados de sus casas violentamente sin tiempo para despedirse de amigos o familiares, sin tiempo para decir adonde iban. Se les permitía llevar una pequeña maleta con lo indispensable: un poco de ropa, unos zapatos de repuesto y los tazones del desayuno.


Cuando iban hacinados en el tren trataban de escribir unas cartas de despedida que lanzaban desde los vagones confiando en que quien las encontrase podría avisar a sus familiares. Nunca tuvieron la seguridad de que esas cartas llegarían, pero algunas llegaron. Pueden verse en la exposición. Después de llegar al campo de exterminio, se les separaba en dos filas, hombres y niños mayores, mujeres, niñas y niños pequeños. Nunca se llevó un registro para dificultar la identificación de las víctimas lo más posible en caso de que los nazis perdiesen la guerra.


A las víctimas se las tranquilizaba para que no armasen escándalo y se les obligaba a desnudarse para darse una ducha. Duchas que, decían, eran para desparasitarles. Duchas que, en realidad, eran cámaras de gas, Zyclon B. Tardaban entre 3 y 15 minutos en morir y los que más resistían intentaban trepar entre los cadáveres del resto para respirar.

El niño fue muy cuidadoso al guardar el calcetín dentro de su zapato.




Después de muertos había que dar salida a los cadáveres, pero antes todavía podía encontrarse algo aprovechable. Monturas de gafas, dientes de oro, anillos. Se construyeron enormes hornos crematorios porque enterrar a los cadáveres era demasiado trabajoso. Hornos que fuesen sólidos porque iban a ser muy utilizados. Aunque todo estaba metódicamente pensado. Surgían problemas de última hora a los que había que dar solución. ¿Qué hacer con tantas cenizas? Un nazi encontró la solución. Se podían esparcir por las carreteras para que los coches no resbalasen. Problema resuelto.

Notas que los prisioneros tiraban desde los trenes para despedirse de amigos y familiares.
Uno de los directores del campo, aquel que estaba tan orgulloso de su eficiencia, fue Rudolf Höss. Desde 1940 a 1943, él y su familia vivieron en el campo y fueron felices; felices y eficientes máquinas de matar. Fue capturado y posteriormente juzgado en Nüremberg, condenado a muerte por ahorcamiento. En el juicio afirmó que en el campo se habían exterminado a unos dos millones y medio de judíos, por encargo directo de Hitler y siguiendo las directrices de la Solución final. Otros 500.000 murieron de hambre y enfermedades. Declaró también que sintió pena frecuentemente por las víctimas pero que debía cumplir una orden. James Owen en su libro Nüremberg. El mayor juicio de la historia, afirma que el testimonio de Höss fue de los más espeluznantes por el desapego y frialdad con la que relató ese horror. Fue ahorcado delante del crematorio de Auschwitz en 1947. Fue la última muerte en el campo.




























Prisioneras caminando desnudas hacia las duchas de gas. 
Alberto Errera fue un judío griego prisionero en Auschwitz y miembro del sonderkommando. Tomó de manera clandestina estas fotos y las escondió en el campo antes de que le asesinaran por intentar huir. Los sonderkommando eran prisioneros de los campos, judíos y no judíos, y se encargaban de trabajar en las cámaras de gas y en los crematorios.

La exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos es muy emocionante. No es nada truculenta, a pesar del tema. Expone con dramatismo y mucho respeto lo que pasó allí y también cómo se llegó a esa situación. Cómo desde la prensa y desde la autoridad empezó a demonizarse a los judíos. A considerarlos como enfermedades sociales, como tumores que había que extirpar. Una vez que esta idea quedó sembrada en el cerebro y el corazón de la gente, el exterminio fue sencillo.

Tazones infantiles para el desayuno

Los vecinos de toda la vida, judíos, desaparecían sin dejar rastro y nadie quería preguntar por ellos. Se sabía que había campos de internamiento y que sus casas y sus puestos de trabajo eran ocupados por otros, pero no se le daba mucha importancia.

Guardias descansando y felices

La exposición se esmera en mostrar las instalaciones de los campos, pero también en los objetos personales de las víctimas. A pesar del interés de los nazis porque no quedase ni un recuerdo de las víctimas todavía se pudieron rescatar cosas. Lo poco que cabía en una maleta, zapatos, un talit de oración, botones, cepillos para el pelo, fragmentos de tazas de desayuno infantiles, un ajedrez tallado en madera por un prisionero del campo y el corazón de Auschwitz.

El corazón de Auschwitz es un libro en forma de corazón que realizaron 19 mujeres prisioneras para felicitar a una compañera por su cumpleaños, con mensajes en polaco, alemán, francés y hebreo. En medio de la barbarie y, a pesar de los intentos de los carceleros por reducir a los prisiones a la condición de animales, de virus o de enfermedades, quedó un poco de espacio para la esperanza, la solidaridad y el amor. 

Esta es la traducción de uno de los mensajes.


También habla de personas. De hombres judíos y de hombres nazis. Hay pocas menciones a mujeres. Habla de Salli Joseph, un sastre judío alemán que desapareció en Auschwitz. Como todo joven alemán fue movilizado durante la I Guerra Mundial y distinguido con la Cruz de Hierro por sus servicios. No fue suficiente y 20 años después sus antiguos compañeros de armas le mataron.


En Oswiecim, el nombre polaco de Auschwitz, también vivían judíos. Alfons Haberfeld era uno de ellos, no especialmente religioso. Un próspero empresario perfectamente integrado en la comunidad. Tenía una fábrica de vodka que exportaba por toda Europa. En 1939, junto con su esposa viajó a Nueva York por negocios, dejando a su hija con la abuela. Estas dos murieron en un campo de concentración y los Haberfeld nunca pudieron regresar a Oswiecim. Los nazis ocuparon su casa y la utilizaron como cuartel general.

El despacho de Haberfeld
Pocas referencias hay a los españoles que también murieron en los campos nazis. Únicamente, una fotografía de Ángel Sanz Briz. Diplomático nacido en Zaragoza en 1910, que durante la II Guerra Mundial desde la embajada española, salvó la vida a unos 5000 judíos húngaros. Les facilitó pasaporte y visados españoles. Al principio sólo a los de origen sefardí, al final a todos los que pudo. Fue reconocido por el Estado de Israel como Justo entre las naciones. También se puede ver en la exposición documentación relativa al bombardeo de Guernica.

Ángel Sanz Briz

También habla de los nazis. Jóvenes comprometidos con una causa en la que creían fervientemente. Jóvenes que se divertían después de matar y que ligaban con las SS-Helferinnen, mujeres guardianas de los campos de concentración. Jóvenes que probablemente habían crecido con juegos, inocentes juegos de niños, como este juego de mesa ¡Judíos fuera! de 1936. Un juego para toda la familia, en el que ganaba quien consiguiera expulsar a más judíos fuera de las murallas de una ciudad de cartón. Había fichas de policías y fichas de judíos odiosos, feos y caricaturescos. No fue una invención nazi, sino un negocio más de una compañía llamada Günther&Co. Es difícil llegar a comprender lo que ocurrió durante el nazismo, autores como Zygmunt Bauman lo han intentado. Su libro Modernidad y holocausto trata del tema. Aquí mi reseña, Modernidad y holocausto. Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén, también abordó el holocausto y los posteriores juicios a los genocidas. 

 El juego de mesa ¡Judíos fuera! de 1936. Detalle de la ficha del judío.


Estos últimos días, en los que hay condenas de cantantes, de músicos y de otros artistas que, pretenden ejercer su libertad de expresión, insultando a los demás, deberíamos recordar que los nazis también ejercían su libertad de expresión diciendo y escribiendo barbaridades de otros seres humanos. Y que, como no se les paró a tiempo, de la brutalidad verbal pasaron al exterminio con la complicidad y el silencio de toda la sociedad.

Dibujo del crematorio 3. David Olère. Perteneció al sonderkommando y sobrevivió. 




La exposición puede verse en el Centro de Exposiciones Arte Canal. Paseo de la Castellana, 214. 
Hasta el 17 de junio de 2018



lunes, 15 de enero de 2018

Cine: Espías desde el cielo de Gavin Hood (2015)

Zygmunt Bauman en su libro Modernidad y Holocausto consideraba al holocausto no como una locura de unos pocos, sino como un producto normal de la sociedad moderna occidental. Ya comenté en otro post de este blog lo horripilante que me parecía esta afirmación, pero al mismo tiempo muy adecuada, Modernidad y Holocausto

Los avances tecnológicos durante los dos últimos siglos han facilitado la guerra a distancia. Presionar un botón para matar a otros, durante la II Guerra Mundial, podía liberar al ejecutor de sus íntimos remordimientos. No es eso lo que se afirma en esta película. A pesar de exhibir todo un alarde de tecnología ultramoderna aplicada en una guerra asimétrica y además peleada a distancia, queda todavía espacio para las dudas morales de quienes deciden bombardear y de quienes, en última instancia, pulsan el botón.



Así podemos observar el proceso de toma de decisiones en el caso de un bombardeo con víctimas colaterales civiles y la realización efectiva de esa decisión tomada. Y en ese proceso tendremos la oportunidad de ver no sólo la jerarquización de la toma de decisiones, sino también el enfrentamiento entre los distintos niveles. Por un lado, la confrontación entre políticos y militares; por otro, los estilos diferentes entre británicos y estadounidenses; y por último, la guerra tradicional que requiere la infiltración de agentes en el campo del enemigo frente a la guerra tecnológica a distancia.


Todo ello se mezcla en este thriller muy eficazmente y con la entrega absoluta de sus actores principales, Helen Mirren y Alan Rickman entre los más conocidos, pero todo el reparto cumple muy bien su cometido. Especialmente porque consiguen transmitir las sensaciones de peligro, inseguridad, impotencia y duda, simplemente sentados frente a una pantalla de ordenador.


Después de hacer un seguimiento durante años, los británicos tienen la oportunidad de detener a una peligrosa terrorista británica, convertida en esposa de un líder de al-Shabab en Kenia. Pero durante la última vigilancia, descubren que, en esa misma casa, varios terroristas suicidas se están preparando para realizar un atentado. Descartando la posibilidad de detener a la terrorista, deben de enfrentarse a tomar la decisión de bombardear la casa y con ello ocasionar daños colaterales, muerte, mutilación y heridas, en civiles indefensos. La personificación de estos civiles indefensos será una niña que se sienta a vender pan en la misma esquina donde se está preparando el atentado. Ver el rostro de esa niña, ponerle cara a las víctimas, paraliza el final de una operación largamente planeada durante un tiempo precioso.



Así, veremos reunidos a todos los intervinientes británicos. Militares, parlamentarios, juristas y miembros del gobierno expresarán sus dudas y temores. Ante los argumentos sobre el claro mal menor de los militares, políticos tratan de eludir su responsabilidad en la decisión. El ministro de defensa quiere pasarle la decisión al ministro de asuntos exteriores. Pero éste, ha comido unas gambas en mal estado y tiene una diarrea terrible. No se siente capaz de decidir porque además hay ciudadanos estadounidenses entre los terroristas. Así que decide consultar obligatoriamente con el secretario de estado de EEUU.


Y el secretario de estado, que no tiene tantos remilgos como los europeos, está encantado de que maten a un traidor a la patria y además no quiere que le molesten mientras está jugando al tenis de mesa con una representación de chinos que, al fin y al cabo, tienen el dinero que EEUU necesita. Llega un momento en que el espectador puede pensar que la guerra es bastante parecida a lo que Gila, gran humorista, decía con su teléfono: “¿Está el enemigo? Que se ponga”.


Tampoco la representante del Parlamento británico queda en muy buen lugar. A pesar de que el jurista mantiene que jurídicamente ese bombardeo no sería reprochable, la parlamentaria no se atreve a refrendar esa decisión aduciendo que la opinión pública no perdonaría la existencia de víctimas inocentes; aunque en un nivel más profundo, todos entendemos que su preocupación no está con las víctimas sino con la posibilidad de perder las próximas elecciones.


A pesar de todos estos impedimentos, una vez tomada la decisión de bombardear, corresponde dar voz a quienes deben ejecutarla porque serán los que carguen en su conciencia con la muerte de los inocentes. Esta vez es más fácil, puesto que los militares están sujetos a la cadena de mando, pero aún con todo, pueden expresar sus objeciones antes de acatar la orden de bombardear y pedir una evaluación de riesgo, simplemente para ganar un poco de tiempo e intentar que la niña desaparezca de la diana. Para esto contarán con la ayuda de los agentes de campo africanos. La intervención de estos últimos nos hace ver que, a pesar de toda la tecnología, el elemento humano básico y su capacidad de improvisación son imprescindibles.


Lo que no me ha gustado de la película es que toma partido, claramente, a favor de los militares y muestra a los políticos como cobardes, que quieren sacudirse la responsabilidad de decidir. En este sentido, la película es demasiado maniquea. Tampoco incluye una reflexión sobre los terroristas a los cuales no se les concede voz y vemos siempre a distancia. Todo esto, sin embargo, no resta ninguna efectividad para que la película funcione como un gran thriller. 


Director: Gavin Hood
Guion: Guy Hibbert
Música: Paul Hepker, Mark Kilian
Fotografía: Haris Zambarloukos
Intérpretes: Helen Mirren, Alan Rickman, Aaron Paul, Barkhad Abdi, Iain Glen, Phoebe Fox. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Cine: El Concierto de Radu Mihaileanu (2009)

El Concierto es una comedia con toques de amargura, donde todavía se puede apreciar el absurdo de la confrontación entre bloques, entre Occidente y la Unión Soviética y todavía más que, aunque la Unión Soviética haya desaparecida, subsisten las consecuencias de un régimen poco respetuoso con el individuo. Tanto Occidente, dominado por la decadencia y la codicia, como la Unión Soviética (y no menos la actual Rusia), autoritaria y moralmente miserable, ambos bloques ideológicos igualmente corruptos y perjudiciales para sus propios disidentes, se muestran en la película con un humor corrosivo. 

No es fácil ver cine francés en Zaragoza, especialmente en versión original (es mi lucha constante); pero a veces instituciones que no son comerciales nos ofrecen la oportunidad de disfrutarlo y de envidiar la política cinematográfica del estado y los sucesivos gobiernos franceses, capaces de invertir en cultura, en cultura de la que divierte y además hace pensar. Es un poco de oxígeno ante tanto producto hollywoodiense mediocre pero avalado por mastodónticas campañas de publicidad.


Filipov, uno de los mejores directores de orquesta de la Unión Soviética y especialista en Tchaikovsky, comete el error de defender a sus músicos judíos, no muy bien vistos en los años 1960, en la época de Brezhnev. Como consecuencia de ello, un joven matrimonio judío de músicos es deportado a Siberia y Filipov tiene que conformarse a partir de entonces con seguir trabajando para el Bolshoi, pero como limpiador. No puedo imaginar que haya mayor crueldad que impedirle a un músico que interprete su música y además que la vea destrozada, mientras acarrea un cubo y una fregona, por otros intérpretes mediocres pero más complacientes con el régimen de que se trate.


El enredo comienza cuando, bastantes años después, Filipov está limpiando el despacho del director y encuentra un fax del Teatro del Châtelet en París, invitando a la orquesta a dar un concierto en París, junto a una joven violista que empieza a consagrarse como una virtuosa pero que tiene miedo de interpretar a Tchaikovsky.


A partir de ese momento, Filipov decide que el tiempo de la venganza ha llegado y junto con otro amigo también músico represaliado, se embarca en reclutar a antiguos compañeros que han sobrevivido todos esos años de las más diversas maneras. Después tendrá que encontrar pasaportes falsificados para todos y permisos para poder salir del país, dinero, billetes de avión. Todo lo van consiguiendo poco a poco, de manera clandestina y, a pesar de que la Unión Soviética ya no existe, con riesgo para su libertad y su vida.



En el otro lado, el Teatro Châtelet está carcomido por las deudas. Podemos suponer que una mala gestión (o una corrupta gestión) le ha llevado a esa situación. El director se ha visto en el aprieto de contratar con cierta prisa una orquesta que no le cobre demasiado porque si no se arruinaría definitivamente.

Lo primero que hacen la mayoría de integrantes de la orquesta al llegar a París es desaparecer, sin ninguna intención de volver a Rusia. Pero entre ellos, el manager, antiguo comisario de la KGB, sueña con devolver la vitalidad al Partido Comunista Francés y de paso restablecer el comunismo también en Rusia. Añoranzas de otros tiempos. Al final y paradójicamente resulta ser el personaje más romántico, más perdido en este mundo que ya no entiende.

De la película, no me ha gustado la trama sentimental que subyace a este despropósito de orquesta. Resulta innecesaria, engañosa y no aporta nada ni al ritmo ni a la profundidad del relato fundamentalmente crítico con las ideologías que atropellan al individuo, sean de un lado o del otro. 


Dirección y Guion: Radu Mihaileanu
Fotografía: Laurent Dailland
Intérpretes: Aleksey Guskov, Mélanie Laurent, Dmitri Nazarov, Valeriy Barinov, Miou-Miou

jueves, 18 de mayo de 2017

Cine: Stefan Zweig. Adiós a Europa de María Schrader (2016)

Stefan Zweig había nacido en Viena a finales del siglo XIX, en una familia de la alta burguesía. Se doctoró en filosofía y fue un escritor muy popular entre los años 1920-1930. Especialmente considerado por sus biografías, también destacó como periodista y dramaturgo. Durante la I Guerra Mundial sirvió en el ejército austriaco, pero nunca entró en combate. Es posible que esta experiencia le convenciera de la necesidad de fomentar el antibelicismo y que fuera el detonante para su primer exilio en Suiza. 

Fue un intelectual comprometido contra los excesos del nacionalismo discriminante y además, a partir de 1936 empezó a tener problemas para publicar en Alemania por su condición de judío, aunque él nunca tuviera una educación religiosa. Entonces empezó su exilio definitivo.


No he leído nada suyo. Conocí a este autor por otra película basada en varios de sus cuentos, El Gran Hotel Budapest, dirigida por Wess Anderson y que puede considerarse una metáfora de lo que Zweig pensaba que el nazismo haría con Europa. En 1942, mientras vivían en Brasil, tanto él como su segunda esposa estaban convencidos de que el nazismo triunfaría en el mundo y decidieron serenamente suicidarse.


Esa misma desesperanza se trasluce en Adios a Europa. Asistimos en cinco partes al deambular del escritor y su esposa por distintos países. Son recibidos con entusiasmo, reconocidos y apreciados, tanto por el público como por las autoridades. Sin embargo, no pueden superar el desarraigo. Aunque el intelectual lúcido no puede evitar pensar en la muerte de Europa, en la muerte de la cultura europea a manos de los propios centroeuropeos, es incapaz de posicionarse contra el régimen nazi, si no es a través de la reflexión y de su escritura. Estando tan lejos de Alemania, le parece un abuso utilizar su condición de escritor como púlpito para evangelizar a las masas.


Es posible que estuviera en un error pero, al mismo tiempo, no deja espacio para dudar sobre su honestidad intelectual. Trasplantado a Brasil, un país joven, con una vegetación frondosa y un calor húmedo y asfixiante, el escritor, interpretado excepcionalmente por Tómas Lemarquis añoraba los cafés austríacos y alemanes. En la película, resulta agobiante verle con su clásico traje de chaqueta paseando por la selva brasileña que está a dos pasos de su casa.


Lemarquis hace una interpretación sobria y conmovedora. Miradas de infinita tristeza y reflexiones sobre la decadencia y la muerte. Zweig tenía claro que el futuro estaba en América, pero también tenía claro que no era su futuro. Después de su suicidio, sus obras empezaron a caer en el olvido. Ahora que vivimos el resurgimiento del fascismo otra vez en Europa, parece que se está revitalizando su memoria y espero que la tristeza que despide esta película en cada imagen sirva para picarnos la curiosidad y releer su obra.


Barbara Sukowa interpreta magistralmente, en una aparición muy breve, a su primera mujer. La escena final de la película, con el luminoso dormitorio visitado por todos los amigos después del suicidio del escritor y su esposa y el juego de los espejos para incluir al espectador en la escena, creo que es un ejemplo de narración visual excepcional. María Schrader ha sido la directora.


Dirección: María Schrader
Guion: María Schrader y Jan Schomburg
Música: Tobias Wagner
Fotografía: Wolfgang Thaler
Intérpretes: Tómas Lemarquis, Barbara Sukowa, Nicolau Breyner, Charly Hübner


Los Zweig muertos.