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viernes, 5 de noviembre de 2021

Cine: Maixabel de Icíar Bollaín (2021)

Hace unos días leí en Pikara Magazine este artículo titulado ¿A quién calma Maixabel? que me resulta demasiado sesgado. Parece que se esfuerza en igualar a víctimas y victimarios, coincidiendo con una estrategia de la izquierda abertzale que a mí me parece especialmente vomitiva. Aparece en el tercer párrafo, en negrita, bien visible una afirmación que no comparto: “…ETA aparece representada como una secta. No se explica cómo ni por qué —ni siquiera de soslayo— tantas personas militaron durante tantos años en la organización.” Lo que no nos explicamos es por qué tanta gente supone que ETA tenía derecho a existir después de la amnistía de 1977. 

Coincido con la autora en la necesidad de que el cine, tanto documental como de ficción, la narrativa o, incluso, la música aborden las distintas perspectivas de lo que, torticeramente, se llama el conflicto vasco. Un fenómeno, al que, sin duda, deberíamos empezar por cambiarle el nombre. En lo que no coincido con la autora es en pretender convertir Maixabel en una película sobre ETA. Maixabel no tiene que calmar a nadie. Como parte de una situación muy compleja, es la postura valiente de una de las víctimas. Pero sin olvidar que no es una víctima del conflicto vasco sino una víctima del terrorismo de ETA, una organización sanguinaria y que vivía fuera del tiempo; con un origen claro en el nazionalismo (siempre escrito con z) racista del siglo XIX; que nunca fue de izquierdas; que nunca luchó contra el franquismo y que en los años 1980, en los años de plomo, su violencia irracional se dirigió contra todo y contra todos, incluida la sociedad civil; que mantuvo una estrategia puramente nihilista que no consiguió ninguno de sus objetivos aparentemente políticos, excepto beneficiar y consolidar, como fuerza política ineludible, al Partido Nacionalista Vasco.

Si pudiera hacerse política-ficción podríamos comprobar cuán diferente hubiese sido la implantación del PNV. Si ETA no hubiese existido, probablemente hubiese quedado como una reliquia del siglo XIX. Sin embargo, este partido de la derecha vasca más rancia supo rentabilizar lo que ETA ofrecía y, especialmente, se benefició del exilio de tantos vascos que decidieron abandonar la tierra y dejar de figurar en el censo electoral de las tres provincias. Todo esto tiene que quedar muy claro. Como también debe quedar claro que, aunque el nacionalismo más violento haya abandonado la lucha armada, tampoco deberíamos considerar legítimo su objetivo político, la independencia del País Vasco por medios pacíficos.

De todas maneras, en este post trato de hablar simplemente de una película, basada en hechos reales, pero una película al fin y al cabo. Icíar Bollaín tiene, como cineasta, una trayectoria incuestionable. Se atreve a abordar temas candentes que no dejan indiferente a nadie. Además si se rodea de excelentes actores, como en este caso, que además están en lo que se llama estado de gracia, mejor que mejor. Ahí están Blanca Portillo como Maixabel Lasa, Luis Tosar como, Ibon Etxezarreta, integrante del comando que asesinó a su marido y otro actor, para mí desconocido, Urko Olazábal que interpreta a Luis Carrasco, otro etarra arrepentido.

La película es dolorosa, sobria, intensa y, aunque estos encuentros de justicia restaurativa se interrumpieron, esperanzadora. Cómo lo ha conseguido la autora, no lo sé, pero ha acertado plenamente con el tono desde el primer momento. Me ha parecido muy interesante el manejo del sonido. Una insistente llamada de teléfono que suena a lo lejos y que la protagonista tarda en atender es presagio de alguna desgracia; el grito desgarrador sin sonido de la hija del asesinado. Pero, especialmente, los sonidos que más aterradores me han resultado son los que acompañan  a Etxezarreta, ya fuera de la cárcel, al recorrer los lugares donde se han producido atentados. Aunque el tiempo ha pasado, en su cabeza y en su corazón se reproducen las sirenas, los gritos, los llantos, el desastre, el dolor y la muerte, sin que las imágenes se correspondan con ellos. Sólo el sonido. Me parece todo un logro de cineasta muy experimentada y, al mismo tiempo, arriesgada, que está en constante búsqueda, como sus personajes. Me recuerda un proyecto de Eduardo Nave, A la hora, en el lugar, en el que el autor documentaba los escenarios de atentados de ETA. Así, a la misma hora y en el mismo lugar Nave fotografía estos lugares de luto, sólo eligiendo en el encuadre y sin poder controlar otra variable; rastreando la ausencia de estas personas tan injustamente arrancadas de su vida.

En este caso, Icíar Bollaín se ha encargado también de escribir el guion junto con Isa Campo que dirigió hace unos años La próxima piel. La película, aunque no es equidistante, huye del maniqueísmo y aborda la necesidad de encontrar un punto de encuentro, un punto de partida para superar el dolor vivido en el País Vasco. Ese punto de encuentro es el deber moral de pedir perdón por parte de unos y la voluntariedad de otros de otorgarlo. No puede ser de otra manera. Es el punto donde deberían confluir la justicia restaurativa, la justicia punitiva y la justicia terapéutica. Pero al mismo tiempo, es algo que no puede ser obligatorio y que tampoco puede ser moneda de cambio. Debe quedar inscrito para siempre en el dominio de la ética y la moral.

El gobierno de Rajoy se encargó de suspender estos encuentros restaurativos. Yo creo que más como una concesión al entorno más duro de ETA, que no soporta la disidencia, que por la conveniencia o inconveniencia de mantener una iniciativa surgida en el gobierno del PSOE. Hoy queda mucho por hacer y, a veces, parece que el entorno etarra es el único que sigue sembrando, y las más de las veces sigue sembrando odio. Se ha publicado recientemente un estudio encargado por el Gobierno Foral de Navarra, respecto al grado de conocimiento del alumnado de ESO sobre la reciente historia (chicos y chicas entre 12 y 16 años). Sólo el 57% sabe qué fue ETA; sólo un 0,5% sabe quién fue Miguel Ángel Blanco; un 26% justifica la violencia si ésta tiene objetivos políticos. Para saber si estos datos son o no significativos se debería repetir esta encuesta entre el alumnado del resto del territorio español. Pero no olvidemos que la labor de adoctrinamiento del entorno etarra no ha cesado ni un segundo en estos últimos años, como así demuestran los resultados electorales. En el año 2016, un 21% de los electores votaron por Bildu; en 2020, ese porcentaje ha crecido hasta casi un 28%.  Algo hay que hacer y pronto, porque estoy segura de que el 100% de los acólitos de Bildu están orgullosos de difundir y, si llega el caso, de repetir las “proezas” etarras.


Dirección: Icíar Bollaín
Guion: Icíar Bollaín, Isa Campo
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Javier Aguirre Erauso
Intérpretes: Blanca Portillo, Luis Tosar, Urko Olazábal, María Cerezuela, Arantxa Aranguren.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Cine: Explota, Explota de Nacho Álvarez (2020)

Para estos días grises necesitamos que el cine se convierta en un mundo de color que brilla mucho más gracias a las canciones de Raffaella Carrá. Y eso es lo que hace esta película. Una buena comedia musical que ayuda a levantar el  ánimo y que tiene todo aquéllo que le falta a La la land. Humor y unos personajes secundarios perfectos. Además mantiene en todo momento un tono de cuento de hadas ligero que facilita que el espectador sintonice con la trama y que consigue que la película nunca caiga en la ñoñez. Además, la banda sonora es una auténtica educación sentimental y la fotografía y el color espectaculares. 

Si no vas a creerte el cuento de hadas mejor no entres en el cine porque si no se te hará difícil aguantar la buena disposición de todo el mundo hacia María y lo fácil que le resulta remontar y volverse a enamorar. A mediados de los años 1970, María (Ingrid García-Jonsson) es una joven novia que huye llorando de una iglesia en Roma y no se le ocurre mejor idea que tomar un avión hacia Madrid. A pesar de que sigue llorando durante todo el vuelo las azafatas se encargarán de darle la primera lección para su nueva vida.

Después, ya en tierra, Amparo otra azafata interpretada magníficamente por Verónica Echegui, se convertirá en su mejor amiga, le ayudará a encontrar trabajo y le proporcionará un hogar. En el aeropuerto también tropezará literalmente con Pablo (Pedro Guallar), un joven recatado, tímido y muy muy guapo del que inmediatamente se enamora. Además una maleta perdida será la excusa para que se vuelvan a encontrar; esta vez en los estudios de Televisión Española.

Pablo trabaja allí, como ayudante del censor (que además resulta ser su padre). Celedonio, que así se llama el respetable señor, tiene intención de enchufar a su hijo en este puesto cuando se jubile. Celedonio es un hombre chapado a la antigua, amigo personal de Carmen Polo y una oportunidad para que el actor Pedro Casablanc se luzca creando un personaje histriónico, que persigue a las bailarinas con una regla para medir la largura de sus faldas y que, al final, se moderniza y redime. Un poquito. 

La verdad es que los personajes de las chicas son un bombón para lucirse; los de los chicos no tanto. Ingrid Garcia-Jonnson sorprende por su frescura y su seguridad a la hora de enfrentarse a las canciones y las coreografías. Y Verónica Echegui conquista con su acento murciano y sus ganas de vivir. Natalia Millán despliega toda su elegancia aunque sea en un papel secundario, pero está fantástica y recrea en una de sus actuaciones esa situación tan conocida del floripondio. El floripondio que un censor le puso en el pecho a Rocío Jurado porque su escote resultaba escandaloso.

Esta es otro de los puntos a favor de la película. Su capacidad de recrear los últimos coletazos de una censura que resultaba ya absurda hasta para los propios censores y los prebostes del régimen. Una nueva generación empezaba a destacar y estaba a punto de alcanzar su protagonismo y ya no necesitaba tutelas morales sino una música que le diese ganas de vivir y eso hizo Raffaella Carrá y su célebre latigazo de melena. Esta película se sitúa en la estela de Mamma Mía aunque no se puedan comparar sus presupuestos. Aparecen las canciones más conocidas incluida Tuca, Tuca que fue prohibida y que muy pocos conocían. Caliente, caliente, Adiós, amigo, Lucas, En el amor todo es empezar, Rumore, Hay que venir al sur. 


Y entre todas ellas, Fiesta. En esta canción está resumida la educación sentimental básica que toda mujer debería recibir. A ver lo explico: en la primera estrofa, la chica está triste en una fiesta. Él se ha ido porque ella le anulaba su libertad. Para la chica quedaban las lágrimas y el desperdicio de sus besos, pero también está determinada a que las cosas cambian y a dejar atrás esa manera de actuar. Así que en el estribillo Raffaella recomienda ser cauta y no decir la verdad, si estás enamorada no le asustes pero haz tu vida. En la segunda estrofa, otra fiesta. De la fiesta realizada sin ti pasamos a la fiesta con amigos y sin ti. Esa diferencia es importante porque pone de manifiesto las ganas de volver a vivir de la chica. ¡Ah!, pero en la tercera fiesta, él vuelve. Arrepentido, con otra mirada, reconociendo que ha sido culpa suya y que la libertad sin ella no tiene ningún sentido. Sin ti, ¿qué haría yo sin ti? Al final todos felices. Para disfrutar.


Director: Nacho Álvarez
Guion: Eduardo Navarro, Nacho Álvarez, David Esteban Cubero
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Música: Roque Baños con canciones de Raffaella Carrá
Intérpretes: Ingrid Garcia-Jonsson, Verónica Echegui, Fernando Guallar, Pedro Casablanc, Natalia Millán

miércoles, 1 de julio de 2020

Cine: Invisibles de Gracia Querejeta (2020)


Esta es una película verdad. Sí, una película verdad. Una película que no necesita artificios. Es una película de paseantes que, a veces, te hacer recordar la trilogía de Richard Linklater, Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer. Son unos personajes que te puedes encontrar a la vuelta de la esquina o a la entrada del parque. Unos personajes en los que te puedes reconocer perfectamente. No en uno o en otro, sino en reacciones de cualquiera de las tres mujeres. Impresionantes las tres actrices protagonistas.


Encarnan a tres mujeres en un momento vital complicado. Alguna de ellas se resigna pero otras no. Todas pasan de los 50 años. Pero son atractivas, vitales, graciosas, profundas e invisibles para los hombres. Por lo menos, para los hombres que ellas querrían. Son unas paseantas que hablan sin censura, sin pelos en la lengua y con mucha contundencia, pero también con mucha lealtad y amor entre ellas. Una cosa que me gusta mucho de esta película es que se centre en ese momento semanal en el que las tres mujeres pueden ser sinceras entre ellas y consigo mismas, o no. 


Yo puedo perfectamente identificarme con cada una de ellas. Nathalie Poza interpreta a Amelia, vestida siempre de rosa clarito. Es una ingenua que trabaja en un vivero y que, tras dos relaciones fallidas, se acaba de emparejar con un hombre y su hija adolescente. Esta mujer tiene graves problemas para vivir sola. Siempre ha tenido que estar emparejada aunque sus parejas no le aportasen mucho. Pero es que este último hombre, además de aportarle poco, le da quebraderos de cabeza. Él no, su hija adolescente. Una adolescente que no ha digerido bien la separación de sus padres, que considera a la nueva pareja de su padre una enemiga y una bruja que ha roto su familia y que, por consiguiente, se consagra a hacerle la vida imposible. Claramente, la niña le come el terreno a la adulta y ésta no sabe cómo reaccionar. Bueno, sí. En realidad, sabe perfectamente cuál va a ser su reacción. Retirarse para que la niña no se sienta molestada ni amenazada. ¿A quién no le ha comido el terreno alguien alguna vez?


Julia, el papel que interpreta Adriana Ozores es, a priori, el de mujer sensata. Vestida siempre de negro. Es adulta, responsable, profesora de matemáticas que no tiene ganas de meterse en ningún lío. Y, precisamente, esto es lo peor. Su falta de ganas de vivir. Está acomodada a su situación aunque no le gusta. No le gusta su trabajo, no le gusta su marido, no le gusta su vida, no le gusta la vida de los demás, no le gustan sus alumnos adolescentes. Ni siquiera la pobre niña que le llamó por teléfono antes de suicidarse. Julia da lecciones a las demás sobre cómo deben comportarse pero ella no sabe qué hacer con su vida, por eso no hace nada. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez?


Por último, Emma Suárez es Elsa, vestida de rojo o de azul, depende del día. Una ejecutiva agresiva y exitosa. Guapa y segura de sí misma que empieza a notar que pierde su atractivo. Además, ha sido consciente por primera vez de que no cobra lo mismo que sus colegas que trabajan en iguales condiciones y que, además, al protestar por esta situación sólo ha recibido burlas. Elsa es obstinada y se ha empeñado en seducir a su jefe. En realidad piensa, acertadamente, que su jefe quiere tirársela pero no se atreve a decírselo. Por eso y por no reconocerse a sí misma que está empezando a perder atractivo sexual, es capaz de perder su trabajo. Es acusada de acoso y como no quiere dar su brazo a torcer, la despiden. ¿Quién no ha seguido su instinto o su orgullo hasta las últimas consecuencias?


Las tres amigas se reúnen todos los jueves a la entrada del parque para caminar. Allí cada una habla de sus cosas y surgen los consecuentes rifirrafes. La situación se altera. Surgen silencios incómodos e inseguridades. A veces, alguna de ellas falla. Pero al final saben, y nosotras también, que la semana siguiente podrán seguir contando con el apoyo y la sororidad, no exenta de críticas, de las otras. Puro feminismo.


El cuarto personaje es la primavera en el parque. Los arbustos y las plantas en pleno estallido. La hierba verde y fresca. Los paseantes que se cruzan y ninguno se para. El sol, a veces, hiriente pero siempre iluminador. En fin, la vida. Tener a las tres protagonistas caminando constantemente por el parque, le da a la película una apariencia muy fluida y, engañosamente, sencilla pero, en realidad, disecciona temas candentes con una gran delicadeza y firmeza. El miedo a la soledad, el miedo al compromiso, el miedo a perder ventajas. El miedo, siempre el miedo.


El guion es muy preciso y las interpretaciones espectaculares. La puesta en escena es muy original y todo ello hace que la película sea muy interesante y, que además, nunca, se deje vencer por el pesimismo. Al revés. Y, para quien diga que en la película no pasa nada, habrá que hacerle notar que en la película pasa la vida real; la vida de tres cincuentañeras. Y para aquéllas que tienen miedo de cumplir los 50, les diré que, a veces, ser invisible es una bendición. Las mujeres y sus superpoderes. Muy recomendable.



Dirección: Gracia Querejeta
Guion: Santos Mercero y Gracia Querejeta
Música: Federico Jusid
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Intérpretes: Emma Suárez, Adriana Ozores, Nathalie Poza.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Cine: El silencio de la ciudad blanca de Daniel Calparsoro (2019)


A esta película le pasa como a la de El asesino de los Caprichos de Gerardo Herrero. Además las fui a ver el mismo día, aprovechando la Fiesta del cine, así que puede que en mi cabeza se hayan mezclado las dos. Pues eso, que le pasa lo mismo. La trama personal de los policías, con sus frustraciones, sus miedos y sus agonías, se apodera de la trama policial. Y eso no me gusta porque cambia el género. Ya no se trata de cine negro o policíaco sino de un melodrama con tintes policíacos.


Además de este fallo, lo peor ha sido ver desvelado al asesino psicópata a mitad de película: ¡qué necesidad había de hacerlo! A partir de ahí, ya me dieron ganas de salir del cine. Aunque se mantenga el suspense a la hora de desvelar los motivos de los asesinatos, éstos quedan empañados por los dramas personales de los policías protagonistas. Dramas que, por otra parte, se desarrollan poco.


Un aborto, la muerte de la esposa o la adicción a las drogas, las frustraciones de cada uno de los protagonistas deberían importar poco. A pesar de ocupar gran parte del metraje son muy superficiales y quedan desdibujadas e impiden el correcto desarrollo, imprescindible en un thriller, de la indagación en la personalidad del psicópata y en sus motivaciones íntimas para ejecutar unos asesinatos atroces.


Pienso que guionista y director deberían haber dado un mayor protagonismo a la ciudad de Vitoria. Es interesante que los thrillers salgan del paisaje de las grandes ciudades como Madrid y adquieran características específicas de las ciudades de provincia o, como en este caso debería haber sido, la influencia de un pasado no tan lejano, rural e hipócrita que se cebaba con los más débiles y conducía su vida hacia la violencia y la brutalidad.


Las interpretaciones de todos los actores están muy bien, sin embargo, quedan empantanadas en escenas muy repetitivas que tratan de explicar al espectador, como si fuera tonto, lo que está pasando. Por otra parte, parece que en el montaje final se hayan desechado escenas porque si no no se entienden algunas situaciones que rozan el ridículo. Por ejemplo, la comisaria le dice a su subordinado que tienen que dejar de verse porque su marido lo sabe cuando en la acción apenas han coincidido en el trabajo o haciendo running por la ciudad o en un innecesario-para-la-trama polvo en un portal de apenas 30 segundos. Ese es todo el adulterio que se ve en la peli. En fin, que se trata de la adaptación de un trilogía de novelas y no me han quedado ganas de ver la segunda.


Lo mejor de la película las carlinas pero apenas se explica nada de su significado. En Aragón, especialmente en el Pirineo, se utilizan como espantabrujas, contra la oscuridad y los malos espíritus. Se colocan en las puertas, ventanas y chimeneas para que si las brujas quieren entrar se asusten por su semejanza con el sol. Otros dicen que las brujas son tan curiosas que se entretienen contando sus hojas, se les hace de día y ya no pueden servirse de la oscuridad para atormentar a los mortales. Como está en peligro de extinción no puede cogerse pero yo todavía he visto alguna colgada en las puertas en Bolea (Huesca).


Una carlina en Bolea, Huesca. No sé si la pusieron porque la casa es el número 13
Dirección: Daniel Calparsoro
Guion: Roger Danès, Alfred Pérez Fargas sobre la novela de Eva García Sáenz de Urturi
Música: Fernando Velázquez
Fotografía: Josu Inchaustegui
Intérpretes: Belén Rueda, Javier Rey, Aura Garrido, Manolo Solo, Àlex Brendemühl, Ramón Barea.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Cine: El asesino de los Caprichos (2019) de Gerardo Herrero


Las novelas y el cine policíacos tienen dos funciones principales. Por una parte, o son una crítica costumbrista de la sociedad y sus cloacas o se embarcan en la deriva emocional de sus personajes. Lo malo es que, últimamente, las derivas emocionales de los personajes anegan la trama policial que queda como un simple residuo, un paisaje donde los personajes pasean sus frustraciones. No es que esté bien o mal, es que desvirtúa un poco la función de la trama policial. Para mí, todos esos naufragios emocionales deberían estar en un segundo plano.


La pareja policial de la película responde al clásico de poli bueno-poli malo. El poli bueno, el contrapunto de la inspectora Carmen Cobo (Maribel Verdú), es Eva González (Aura Garrido que repite un papel muy parecido en El silencio de la ciudad blanca). Es más joven, equilibrada, con una vida emocional estable, una pareja y dos hijos y todavía algo de inocencia. Todo esto no la hace más ineficaz todo lo contrario. Al final será la que desentrañe los misteriosos asesinatos.


La película resulta entretenida. Sin embargo, si se hubieran potenciado las razones de los asesinatos se hubiera abierto una ventana muy interesante sobre el comercio ilegal de obras de arte o sobre los privilegios, que nunca perderán, de las clases altas. Por una vez, el asesino psicópata no se ceba con indefensas mujeres de clase baja que trabajan la calle y eso debería haber bastado para relacionar la espectacular y sofisticada puesta en escena de los crímenes, reproduciendo los Caprichos de Goya, con un móvil mucho más crematístico.


De todas maneras, lo primero que pensé al terminar de ver esta película es que a la guionista, a mitad de la escritura del guion, le habían dicho que los policías protagonistas iban a ser dos mujeres, en lugar de dos hombres. Visto así, se adaptó el guion que ya tenía escrito y se incluyó una trama de embarazo no deseado para darle un mayor dramatismo.


Supongo que no habrá sido así, pero lo parece. Si por algo destaca el personaje interpretado por Maribel Verdú es por su masculinidad. Y es que no es que resulte ser un sagaz investigador curtido en mil batallas sino que es la que más bebe, la que más fuma, la que más folla, la que más jura, la más borde, la que no tiene vida aparte del trabajo, etc. etc. etc. Todo un cliché de hombre brutalmente palurdo y analfabeto emocional.


Yo me niego a creer que existan mujeres así y si existen, ojalá que sean pocas porque para repetir roles absurdos de hombres desbordados por su masculinidad mal entendida ya están los hombres. Me niego a creer que después de una jornada laboral en las cloacas, una mujer sólo pueda abrir una botella de vino blanco, caliente y barato, que acaba de comprar en el súper y ponerse a ver fotos de un amante intermitente que ahora viene y ahora se va. Espero que una mujer, sobre todo si tiene más de 45 años, sepa gestionar bien su vida emocional y buscarse amantes más satisfactorios y una buena copa de vino blanco. Fresquito.


Dirección: Gerardo Herrero
Guion: Ángela Armero
Música: Vanessa Garde
Fotografía: David Omedes
Intérpretes: Maribel Verdú, Aura Garrido, Daniel Grao, Antonio Velázquez, Roberto Álamo.

jueves, 31 de octubre de 2019

Cine: El crack cero de José Luis Garci (2019)


Reconozco que, frecuentemente, el cine de José Luis Garci me puede. Me resulta demasiado intenso, demasiado afectado, demasiado lento y demasiado emocional. Pero esta regla se rompe con la trilogía El crack. De alguna manera, en estas tres películas Garci consigue controlarse a sí mismo, dibujar unos personajes creíbles y humanos y, sobre todo, colocar a Madrid en el centro de la trama. La ciudad fotografiada como una dama nocturna y atrayente.


Recuerdo en los años 1980, el exitazo que tuvieron las dos primeras partes de esta trilogía y supongo que esta tercera no andará a la zaga. Para mí tiene, además de un buen guion y unas extraordinarias interpretaciones, el encanto de la nostalgia.

Conocemos en El crack cero al joven Germán Areta que acaba de abandonar la policía para establecerse por su cuenta y sabremos porqué se vuelve tan silencioso, porqué le gusta más oír que hablar; pues, porque en el silencio no se puede mentir. La acción se desarrolla con una estructura muy sencilla: Areta recibe un encargo, inicia la investigación y la mierda le salpica sin que pueda evitarlo, otra vez.


Tengo que decir también que el final es demasiado manido y que Garci y Javier Muñoz se lo tenían que haber currado más; que es un apaño en el guion que parece que se sostiene únicamente con pegamento. Vamos que no tiene ningún sentido. Y respecto a las interpretaciones, la que menos me ha gustado es la de Macarena Gómez que no consigue rezumar todo el veneno que lleva dentro. Pero el resto son magistrales, empezando por la maravillosa Luisa Gavasa y terminando con la breve aparición de Cayetana Guillén Cuervo. En medio de las dos, Patricia Vico que representa a la nueva mujer española de los años 1970, sus profundos ojos revelan el sufrimiento de un matrimonio insatisfactorio y el deseo por encontrar una vida más plena. Esas mujeres que empezaban a ser libres sin saberlo todavía.


Nada que objetar a Carlos Santos como Germán Areta joven; nada que añorar de la interpretación del gran Alfredo Landa, Carlos Santos sale airoso de las comparaciones. Este Areta joven tiene, lógicamente, una mayor vitalidad, pero ya muestra las características fundamentales de su personalidad amargada por las circunstancias pero sólida y acogedora aunque, también, implacable y con un alto sentido del deber moral.


Pero ya he dicho antes que la protagonista absoluta e inesperada es Madrid y sus sugerentes noches. Una ciudad en un blanco y negro luminoso y cautivador que podría sobreponerse y dejar atrás una época gris, invernal y dura cerrada, definitivamente, con la muerte de Franco. Es un Madrid local, pueblerino y castizo, con partidas de mus, gallinejas y chatos de vino; pero, por la autenticidad de sus personajes, se convierte en un Madrid universal e intemporal. Cine negro clásico. Imprescindible.


Dirección: José Luis Garci
Guion: José Luis Garci y Javier Muñoz
Fotografía: Luis Ángel Pérez
Música: Jesús Gluck
Intérpretes: Carlos Santos, Miguel Ángel Muñoz, Luisa Gavasa, Patricia Vico, Pedro Casablanc

jueves, 24 de octubre de 2019

Cine: Mientras dure la guerra de Alejandro Amenábar (2019)


Mientras dure la guerra. Nunca cuatro palabras han tenido la trascendencia histórica que tuvieron éstas. El 28 de septiembre de 1936 los altos mandos militares del ejército sublevado nombraron a Franco como Jefe del Gobierno del Estado, mientras dure la guerra. Pero el posterior día 30 cuando se publicó el Decreto correspondiente, ¿casualmente? ¿por error?, se habían suprimido esas cuatro palabras perpetuando, de esta manera, al dictador en la jefatura de gobierno y del estado hasta su muerte en 1975.


Amenábar ha intentado abordar en esta película la confusión y el desconcierto de una figura intelectual de talla internacional como fue Unamuno en esos primeros meses de desorden y arbitrariedad de la Guerra Civil. Unamuno tuvo una personalidad muy compleja, como le corresponde a un gran intelectual. Tuvo simpatías por tendencias políticas que resultaron estar en contradicción, pero eso quiere decir que algo bueno tendrían cada una de ellas.


Sufrió dudas religiosas durante toda su vida porque no aceptaba la idea de un dios severo e inflexible como le habían enseñado, sino que llegó a tener la necesidad de un dios que actuase con amor de madre. Fue un personaje muy avanzado y que estudiamos poco en los colegios e institutos españoles. Una figura que debe ser recuperada.

La soledad del intelectual crítico

Se ha acusado a Amenábar de que en esta película se sitúa en la equidistancia entre los dos contendientes. No creo que sea así, sino que la película trata de reflejar los primeros meses de la sublevación cuando no existían certezas sobre cómo iba a ser el levantamiento. España había tenido una extensa tradición de pronunciamientos militares durante el siglo XIX que, una vez estabilizada la situación social, se encargaban de devolverlo a las autoridades civiles. Algunos militares creyeron que esta vez también sería así. Gran error.


Sin embargo, Franco tenía otras expectativas. La principal de ellas era perpetuarse en el poder. Cabanellas, interpretado por TitoValverde, presidía la Junta de Defensa Nacional y nunca estuvo de acuerdo con el nombramiento de Franco. Le conocía bien desde la intervención de ambos en África y le definía de una manera muy gráfica Franquito, el cuquito, siempre va a lo suyito. Y es que cuando Franco cogía lo que le interesaba no lo soltaba nunca. Lo mismo hizo con España, para nuestra desgracia.


Las interpretaciones de los tres protagonistas principales son soberbias. Karra Elejalde es Unamuno y sabe expresar con sus miradas la duda, el terror, la incredulidad ante la barbarie y, también, la esperanza de no haberse equivocado al apoyar el golpe de estado. Unamuno había sido un ferviente republicano pero se había desengañado al ver la deriva autoritaria de unos gobiernos inestables. En momentos diferentes, fue ensalzado por ambos bandos, pero al ver que era igualmente crítico con unos y con otros, los dos bandos le denostaron. Supongo que esa es la postura ideal para un intelectual, no casarse con nadie, pero siendo un intelectual anciano no dudo de que sintiese mucho dolor y de que esa situación adelantase su muerte a los 72 años, el 31 de diciembre de 1936. Así no tuvo que vivir el horror de la guerra.


Eduard Fernández pone toda su capacidad de histrionismo interpretando a Millán-Astray que debía de ser un personaje, de por sí, muy histriónico. Estaba acostumbrando a arengar a las masas, especialmente a las de sus legionarios. No me extraña que fuese así. Le faltaba un ojo, le faltaba un brazo y sufrió graves heridas en una pierna y el pecho. Hoy sería todo un motivador.


Pero el que más me ha sorprendido es un actor que no conocía. Santi Prego interpreta a Franco y resulta aterrador, maquiavélico pero silencioso como una serpiente. Al principio de la película, dos enviados alemanes definen perfectamente la manera de actuar del caudillo. No decía nada, ponía sonrisa de bobo y seguía afianzando sus ambiciones. Y el actor consigue expresarlo sin apenas pestañear. Con esa mirada de aparente sencillez que escondía la crueldad más perfecta.


Es una película que nadie debería perderse. Y lo más amargo de todo es que el Venceréis, pero no convenceréis se podía haber aplicado a cualquiera de los dos bandos. Y así estamos.


Dirección: Alejandro Amenábar
Guion: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández
Música: Alejandro Amenábar
Fotografía: Alex Catalán
Intérpretes: Karra Elejalde, Eduard Fernández, Santi Prego, Patricia López, Inma Cuevas, Nathalie Poza.


martes, 2 de julio de 2019

Cine: Vientos de la Habana de Félix Viscarret (2016)


Publiqué esta entrada en octubre de 2016, cuando se estrenó la película. Ahora, julio 2019, se emite en formato Serie TV por televisión. Los lunes a las 22.00 h. en La 2, RTVE, Cuatro estaciones en la Habana. Muy recomendable. 


Siempre recomiendo todas las novelas de Leonardo Padura, aunque sólo haya leído dos cuyo protagonista es Mario Conde: La neblina del ayer y La cola de la serpiente. Especialmente la primera de ellas, es novela negra de gran calidad. De aquélla que sirve para diseccionar una sociedad y analizarla fríamente y cuya trama policial acaba siendo secundaria. 


Esta película es la adaptación de la segunda novela de la Tetralogía de las cuatro estaciones y funciona como episodio piloto del resto que serán adaptadas para televisión. Es extraño que se haya estrenado primero la segunda y tampoco sé si se emitirán por RTVE o por Movistar, habrá que estar atenta para que no se escape. En los guiones han intervenido el propio Leonardo Padura, el director Félix Viscarret y Lucía López Coll.



Una profesora del Instituto Preuniversitario de la Víbora, donde estudió Mario Conde, es asesinada. Conde descubrirá que la que debía ser una nueva sociedad postrevolucionaria tiene los mismos vicios que las decadentes sociedades occidentales. 


La película resulta correcta y responde, como la novela, al canon clásico de cine negro, con una ambientación decadente y nostálgica, adecuada al espíritu de los libros. Trata de reflejar la añoranza por una Habana esplendorosa (al menos para algunos) que se combina con la derrota moral de los protagonistas. Mario Conde es el principal protagonista y en la película se le llama únicamente Conde porque en España sigue recordando a un personaje poco recomendable. Mario Conde nació en los años 1960, pertenece, pues, a la nueva generación de la revolución, aquélla destinada a reformar al país, la que recibió la mejor educación de toda la historia de Cuba y del resto de Latinoamérica; una generación sin la corrupción de las sociedades occidentales. Se verá, a lo largo del desarrollo de la película, que se repiten las mismas carencias y abusos, especialmente en las relaciones de género. 


Se esperaban grandes cosas entonces: una sociedad sin clases y sin privilegios que alentase una nueva solidaridad nacida del pensamiento de izquierdas. Nada de eso se produjo y pasados los 50 años, esa generación es la generación de la derrota moral. Ese pesimismo y esa añoranza es lo que nutre a Mario Conde. Soñaba con ser escritor (como Hemingway) y se quedó en policía. Sin embargo, mantiene todavía algo de esperanza y una ingenuidad que le hará sufrir.


Karina se encargará de despertar esa esperanza y de hacerle sufrir. Karina es la mujer fatal. Y a partir de aquí, me pongo las gafas de color violeta para criticar desde un punto de vista feminista. Como lectora ferviente de novela negra creo que tengo derecho a exigir, especialmente a buenos escritores como Leonardo Padura, Princesa de Asturias de las Letras en el año 2015, que transgredan los cánones clásicos del género, especialmente en lo que concierne a las mujeres fatales que, como Karina, sólo tienen de fatal los ojos de quienes las miran.


Karina, interpretada por Juana Acosta, es una mujer pelirroja y espectacularmente normal. No esconde ningún secreto, no tiene ningún misterio inconfesable, no arruina la vida de nadie, no engaña y no manipula. No es fatal. En la novela no lo sé porque no la he leído, pero en la película figura como simple objeto, objeto de deseo. Y no es una excepción. Los tres personajes principales de mujeres actúan como objeto: objeto madre-cocinera, objeto de violencia (Mariám Fernández, la profesora asesinada, actúa principalmente de cadáver) y objeto de deseo. No conozco mucho la sociedad cubana, pero la acción de la película se desarrolla en los años 1990 y creo que sería creíble y exigible la existencia de otro tipo de mujer, especialmente en una sociedad postrevolucionaria, como ya he mencionado antes.


Pero parece que Leonardo Padura y el director Félix Viscarret no lo creen así. Y ahora me refiero a una escena tórrida entre Conde y Karina que resulta, de las más increíbles, que he visto en el cine. Conde y Karina están abrazados en una cama, ¿no le parece a nadie más chirriante que Conde esté vestido de los pies a la cabeza y Karina esté en tanga? Ver a Juana Acosta en tanga es muy agradable aunque no se sea lesbiana ni hombre, pero resulta extremadamente ridículo en una escena así. Parece que sólo haya sido un capricho del director. Berlanga decía que había situado la acción de La escopeta nacional en los años 1970 para poder poner en minifalda a Bárbara Rey. Pues lo mismo, pero en los años 2010, ya es injustificable.


Sigo con la crítica feminista. Como cincuentañera con sobrepeso y hostigada socialmente (cada vez menos) para mantener no sé qué línea o juventud perpetua (como la cadena), quiero que los hombres cuiden un poco más su aspecto, que vigilen y controlen sus gorduras y sus canas amarillentas. En esta película Jorge Perugorría hace una gran interpretación pero presenta el mismo aspecto decadente que La Habana. Un hombre que vivió tiempos mejores y ya ha olvidado cuando. No dudo de que al personaje, incluso el sobrepeso, le vaya bien pero yo lo imaginaba de otra manera. Por supuesto, más esbelto pero especialmente más estoico, quizá porque el Mario Conde que yo he conocido tenía unos años más de experiencia y de desilusión por la vida. 


Ahora bien, quitándome las gafas de color violeta no puedo evitar sentir debilidad por el Conde y su sonrisa de bobo enamorado, dónde estuviste mujer que no te había visto antes. Los personajes secundarios también son estupendos, sobre todo su cuadrilla de amigos nostálgicos que funcionan muy bien como retrato de una generación, y facilitan el paisaje emocional del Conde. La película es muy recomendable, aunque no pase el Test de Bechdel y la serie espero no perdérmela.  


Director: Félix Viscarret
Guion: Leonardo Padura, Lucía López Coll y Félix Viscarret
Intérpretes: Jorge Perugorría, Juana Acosta, Yoima Valdés, Mariam Fernández, Wladimir Cruz, Carlos Enrique Almirante, Alexis Díaz, Mario Guerra. 

miércoles, 8 de mayo de 2019

Cine: Dolor y gloria de Pedro Almodóvar (2019)


Llega un momento en la vida en el que tienes que recapitular y examinar con un poco de benevolencia tu vida anterior. Es un fin de ciclo, un punto final pero de ninguna manera debe ser el final de la vida. A pesar de las enfermedades y de las pérdidas, por muy dolorosas que sean, todavía nos queda recorrido. 

En ese punto estamos muchos de nosotros, incluidos el protagonista de esta película y parece ser que también su director, Pedro Almodóvar. Una enfermedad, un desengaño, la muerte de un ser querido puede ser el detonante para hacer este “examen de conciencia”. Tratar de ajustar cuentas no porque esté llegando el final, sino porque todavía hay mucho que vivir y decir.


Antonio Banderas está especialmente brillante en esta película. Está contenido, sufriente, vulnerable, pero aceptando sus límites para seguir viviendo. Yo no veo en esta película tanta tristeza como se dice; más bien veo serenidad ante lo que es obvio, que todos terminamos muriendo. Mucha serenidad y pocas ganas de perder el tiempo. Se revisita el pasado por si algo que sucediera allí quedó incompleto, pero no se tiene ninguna intención de revivirlo. Pedir perdón sin pedirlo, es una necesidad cumplida y personificada en los papeles que interpretan Asier Etxeandía y Leonardo Sbaraglia.


Es una película sobre el paso del tiempo, sobre las personas y también sobre los países. Habla de las grandes diferencias entre la vida de los años 1950 y la vida de los 2000; entre el neorrealismo de posguerra y la alegría de vivir de la movida, entre la vida en el campo y la vida en la ciudad. Penélope Cruz representa la vida de la pobreza en el campo, de las alpargatas y el pan duro, de las mujeres que lavan en el río. Esta vida está intencionadamente embellecida y, a veces, parece una simple excusa para que Rosalía, el fenómeno musical de esta década, tenga su huequito. Sin embargo, al final de la película entenderemos porqué se produce este embellecimiento.

También es una película sobre el bloqueo creativo y la necesidad de bucear en uno mismo para encontrar una luz y una historia que contar. Un bloqueo que nadie puede superar en lugar del propio creador. Por muy próximo que se sienta a algunas personas, sólo él puede hacer ese viaje. Sin duda es una película que mira al pasado, sin embargo elige vivir plenamente el presente. 


Por último, yo creo que es una película sobre las despedidas. Un homenaje a quienes se van sin decir adiós pero dejando todo resuelto (magnífica Julieta Serrano dando instrucciones sobre su enterramiento). Aquéllos que fueron allanando durante años el camino con su generosidad para que los que se quedan aquí lo tuvieran todo más fácil. En definitiva, una autocatarsis para seguir porque nadie sabe qué día terminará.



Dirección y Guion: Pedro Almodóvar
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: José Luis Alcaine
Intérpretes: Antonio Banderas, Asier Etxeandía, Penélope Cruz, Leonardo Sbarablia, Julieta Serrano.