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viernes, 29 de mayo de 2015

Novela: La mala luz de Carlos Castán (2013)

El autor.- Carlos Castán, cincuentañero, profesor de filosofía en un instituto de Huesca y escritor muy apreciado por sus cuentos. Premio Vargas Llosa NH de relatos en 2010. Sus libros de cuentos son: Frío de vivir, Museo de la soledad o Sólo de lo perdido.

Sinopsis.- Jacobo ha sido asesinado, pero no importa. En esta novela lo importante es el enfrentamiento de un personaje consigo mismo; asomarse al abismo. Jacobo y el narrador son dos personajes solitarios. Comparten conversaciones y el amor por la literatura hasta que el miedo de Jacobo se instala entre ellos.

Mi opinión.-
La mala luz es literatura de angustia existencial. Profunda y desgarrada. Carlos Castán es un escritor muy apreciado como cuentista y esta es su primera novela. Es una literatura muy detallada, a veces farragosa y que sirve para llegar a la intimidad sofocada bajo lo superfluo.

Lo verdaderamente terrible son los años perdidos por venir. No se puede decir de manera más angustiosa que, casi la mayor parte de nuestro tiempo vital es mera repetición de estupideces que ni nos llevan a ningún sitio ni le sirven al resto de la humanidad para aprender y hacerse más sabio. Antes de que lleguen esos momentos futuros, ya sabemos que los hemos vivido y mucho más terrible, ya sabemos que nos van a aburrir mortalmente, por repetitivos.

Es un homenaje a la literatura fatal y suicida de Celan. Kavafis o Marguerite Duras también circulan por allí y Cesare Pavese y la literatura existencialista de mediados del siglo XX. Es un homenaje también a los libros que nos hacen ser como somos y que quedan como hitos en nuestra biografía, compañeros ya inseparables. París, Madrid y Zaragoza son sus escenarios aparentes, porque el verdadero escenario es él y su vida angustiosa y vacía. Desde su fotografía de niño en una plaza con palomas cerca de una iglesia, hasta su desesperanza actual de hombre fugitivo y solo.


El único momento en que la novela pierde intensidad es en la historia romántica con mujer fatal. Un asunto un poco manido.  Y es que ningún hombre puede perderse si no quiere y, para perderse, le vale tanto una mujer fatal como una monja ursulina. No me interesa tampoco el asesinato que, a mi juicio, el autor utiliza únicamente para ponernos en guardia y sentir el acecho, no de los asesinos, sino del tiempo que pasa inexorablemente. Porque el misterio no es quien ha asesinado a Jacobo, sino arrastrar a veces una vida, aburrida o feliz lo mismo da.

Estoy en la casilla de las tibias y la calavera, no recuerdo cuántos turnos me toca permanecer sin jugar. Parece que tenemos control sobre nuestra vida, pero ¿es eso cierto? Yo llevo unos cuatros años sin trabajar porque hay gente que decide que no sirvo o que el mercado no requiere de mis servicios o que no tengo las competencias adecuadas o la edad adecuada. Igual esa gente, que está tan lejos de mí y que no me conoce, decide sobre mi vida más que yo.

No es fácil de leer pero por la profundidad de sus frases, excelentemente construidas, merece la pena el esfuerzo, sobre todo cuando se siente amor por la literatura. 

La mala luz 
Editorial Destino 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Novela: Foto movida de Miguel Mena (2014)

El autor.-
Miguel Mena es periodista y escritor, aunque a él le gusta definirse como locutor de radio. Actualmente trabaja en Radio Zaragoza de la Cadena SER, realizando el programa “A vivir Aragón”. También colabora en la prensa escrita. Nació en Madrid pero vive en Zaragoza desde 1983. Foto Movida, junto con Días sin tregua y Todas las miradas del mundo, son una trilogía protagonizada por el inspector Mainar, ambientada en España a comienzos de los años 80.

Sinopsis.-
Almudena Montiso es una joven madrileña de clase media-alta y comportamiento peculiar. Pero en los años 80 esto no es nada extraño. La música, las drogas y un enorme deseo de vivir la vida, la dejan muerta en el lavabo de una disco de moda.

Mi opinión.-
Lo que más me ha llamado la atención es que el autor no deja ni un milímetro de novela sin que esté impregnado por la amargura. Ni el ambiente musical, ni por supuesto el ambiente policial suponen un resquicio para la esperanza.

Es una novela emocionante, pero que se queda corta. Es cierto que el título ya avisa, Foto movida. Cada uno de los capítulos comienza con la descripción detallada de una situación en presente, en la inmediatez. Son fotos que componen un mosaico de expectativas, frustraciones y análisis de caracteres de los personajes y también de aquellos años 80 que empiezan a estar un poco lejos. Pero es precisamente por ser fotos que se quedan demasiado esquemáticas. El autor aprovecha para enlazar los acontecimientos de la trama principal, la muerte de Almudena, con otros históricos: los secuestros y asesinatos cometidos por ETA, accidentes en el aeropuerto de Barajas, el incendio de la discoteca Alcalá 20, el nacimiento de los GAL; todo ello pasó en un espacio de tiempo relativamente breve, no es una licencia del escritor. El problema es que, lógicamente, no entra a fondo en el análisis de ninguno de ellos porque tampoco son cruciales para la trama. Quedan como fotos, retratos de una generación, pero a mí me ha sabido a poco.

Es una época que me resulta especial y personalmente atrayente. Por toda la alegría y color que suponía la movida, después del ambiente de grisura del último franquismo; sabemos todos que toda esa explosión de creatividad tenía también su contrapartida, las drogas, los primeros casos de SIDA, la penalización de la homosexualidad expresada abiertamente. Sin embargo, no me esperaba tanta amargura.  

El inspector Mainar, protagonista de otras dos novelas, también es un personaje completamente melancólico. Quiere ser ya un policía de la nueva escuela, de los demócratas, pero eso no será posible debido a la situación política, los años de plomo de ETA. Se queda como eslabón perdido entre los jóvenes de la movida y entre sus colegas de profesión; demasiado viejo para entender a los primeros, demasiado joven para sentir tanta amargura. Después del divorcio, casi con 40 años, quiere salir de la culpabilidad que siente por no saber cómo relacionarse con su hija. Una niña discapacitada de pocos años. Además, sin esperarlo, la vida le pone frente a Maribel, un antiguo amor de adolescencia, y también se pierde al intentar reiniciar su vida amorosa.

Demasiadas cosas quedan abiertas en la novela, pero aun así me ha resultado conmovedora. 


Foto movida 
Miguel Mena

Ed. Suma de letras

jueves, 2 de octubre de 2014

Cine: El hombre tranquilo de John Ford (1952)

Una película hoy absolutamente incorrecta, impresentable. Pero sin embargo sigue llegando al corazón. El cine de John Ford es nostalgia y, a veces, nos alegramos de que esa nostalgia se haya perdido.

Por más de que se trate de una película divertida, tierna y melancólica, la duda que me surge al volver a verla es si esta ternura que rezuma es suficiente justificación para “embellecer” el maltrato a las mujeres. Partimos de que sólo hay un personaje femenino relevante en toda la película, Mary Kate (Maureen O’Hara): solterona esclavizada en su propio hogar y que tiene como único patrimonio sus muebles y un poco de dinero que administra su hermano, un bruto infantiloide.

Mary Kate se encuentra con Sean, que vuelve al hogar de sus padres a curar penas, interpretado por John Wayne, actor que siempre me produce una cierta tirria. Y entonces, el mundo se detiene, los ríos se desbordan, la melodía de los pájaros es más dulce, el sol brilla más, las ovejas engordan más rápidamente; la tormenta, los truenos y los relámpagos todo es más intenso desde que los dos se encuentran. Para Sean, Mary Kate es un sueño; aunque para mí da saltos como las cabras y parece estar siempre al borde del brote psicótico.

Los encuentros entre los enamorados desatan todas las fuerzas de la naturaleza, la lluvia empapa la camisa de John Wayne y resbala por sus musculosos brazos, el viento agita la roja cabellera de Maureen O’Hara. Prolegómenos de una pasión contenida que pronto será desatada.

Cada vez que se ve una película produce sensaciones diferentes. Esta vez, me ha resultado también empalagosa, con dosis excesivas de buenismo rural por parte de los campesinos irlandeses. Un paraíso perdido que mucho mejor que esté perdido. Las conversaciones estúpidas y surrealistas, los trenes que llegan cuando quieren, los borrachines graciosos, alguna mención al IRA y sobre todo las mujeres invisibles.

La acción se desarrolla en los años 1950. Sean vuelve de Estados Unidos, un mundo aparentemente moderno, sin límites, emancipado de normas sociales caducas, para encontrar la paz en una Irlanda rural paradisíaca, en una casucha destartalada y sin comodidades. A mí me resulta difícil pensar que en esas condiciones se pueda encontrar la paz. Pero … se encuentra con el amor.

Parece que el amor, que por supuesto al final triunfa, todo lo vale, todo lo supera y todo lo justifica. Peligroso razonamiento éste de que “quien bien te quiere te hará llorar”.

A pesar de que John Ford hace de Mary Kate un personaje profundamente ridículo, sin embargo, también es una mujer muy consciente de sus derechos y capaz de pelear, en la medida que su sociedad se lo permite, por ellos. Por esto no ceja en su empeño de reclamar sus pertenencias, sus muebles y su dote. Aunque para su marido no tengan importancia, para ella son sus propiedades, la manera de demostrar que no llega al hogar de su marido con las manos vacías, que no va a ser una esclava.

Es una película que destaca por su lirismo y por una fotografía impresionante. Rememorar la infancia del protagonista a través de la voz en off de su madre explicándole cómo era su casa en Irlanda, es el punto de partida de la nostalgia. Puede que lo que la hace atractiva todavía es el ambiente de cuento para adultos; con las ovejitas pastando alegremente por el prado y el riachuelo cantarín que desciende en busca de anchos mares.

Pero es también la película de las mujeres invisibles. Suponemos que están porque alguien prepara la comida y limpia las casas, pero cómo la mayor parte de la acción se desarrolla en la taberna y las mujeres no acuden a la taberna no las vemos. La única aparición significativa en la película de otra mujer (aparte de Mary Kate) es una vecina que le da al marido una vara para que le pegue. Gran ayuda para las mujeres invisibles las mujeres que incitan a los hombres a pegarles.

Una joya de película, pero una joya anticuada. 




Director: John Ford
Guion: Frank S. Nugent
Fotografía: Vinton C. Hoch



jueves, 15 de mayo de 2014

Cine: El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson

Comedia sofisticada, de huida del mundo en el periodo de entreguerras. El Gran Hotel Budapest está situado en un paraíso idílico, amenazado por los ruidos de otra (gran) guerra, entre montañas donde sólo los privilegiados (y sus criados) pueden estar. Allí se sitúan unos personajes de cuento, caricaturescos y muy divertidos. Con bigotes de todas clases, finos o espesos, pero todos ellos bien recortados, afilados, engominados o dibujados (como el de Zero Moustafa).

La película está basada en fragmentos de varias obras de Stefan Zweig. No he leído nada de él ni tampoco había visto ninguna película de Wes Anderson. Es un director norteamericano que ahora vive en Europa, director de culto, con su propio estilo y que no se somete a modas.

Gustave H. (Ralph Fiennes) es conserje en el famoso Gran Hotel Budapest; conserje y mucho más. Es amigo especial de muchas señoras (y de algunos caballeros) de alta alcurnia, provecta edad y riqueza considerable. Zero Moustafa (Tony Revolori) es el nuevo botones, que se convertirá en su protegido y amigo de confianza. Madame D (Tilda Swinton) de 84 años y “dinamita en el catre” según Gustave H, es asesinada. En su último testamento deja a Gustave un cuadro de considerable valor “Niño con manzana”. Como el resto de herederos no está de acuerdo, Gustave tiene que robar el cuadro y esconderlo. Además le acusan del asesinato de Madame D.

Ahí empiezan la huida de Gustave y su encuentro en la cárcel con personajes dudosos pero de buen corazón que le ayudarán a fugarse. El guion es un repertorio de fina ironía (y mala baba, también), elegancia, decadencia, clase y situaciones disparatadas. Valga de ejemplo la escena de cinco presos limando los barrotes de la misma ventana al mismo tiempo. Es todo muy vintage, estrambótico y centroeuropeo. Persecuciones, resbalones, caídas por precipicios y ventanas, con una estética puesta al servicio de la comicidad más ingenua. Faltan los tartazos de las películas de cine mudo, pero aquí los personajes son demasiado refinados para recurrir a eso. No es comedia de carcajada, pero sí de sonrisa continua.

Aunque el director muestra a veces un gusto excesivo por las escenas estáticas, resultan ser preciosas fotografías, de colores saturados (anaranjados, rosas  y azules) y de intención claramente desternillante. Pueden parecer muy afectadas, aunque para mí por eso tienen tanto encanto.

Los colores intensos, de cuento infantil, las fragancias embriagantes y las buenas maneras de todos los atildados personajes, resaltan la nostalgia de un mundo perdido, donde también quedaba sitio para unos malos malísimos vestidos de cuero negro y unos nazis antipáticos y vulgares, de uniforme tan gris desteñido como sus almas.






jueves, 28 de noviembre de 2013

Exposición: Nancy se viste de moda.

No. Nancy no fue mi primera muñeca. Me acuerdo muy bien de mi primera muñeca porque todavía la tengo. Se llamaba Corazoncito y era un bebé, la caja de cartón que servía de embalaje era también su cuna. Tenía una gran sonrisa y los ojos pícaros y azules. No sé qué le hice en el pelo, pero es ingobernable desde hace muchos años. 

Pero Nancy sí que fue la última. No recuerdo si fue regalo de cumpleaños o de reyes, pero el caso es que en 1972 llegó a mi casa. La Nancy. Porque es así como se tiene que escribir, con “la”, como las grandes divas. Y es que es más que una muñeca, mucho más. Nunca tuve muchos vestidos para ella, pero los que tenía (todavía tengo) eran "lo más". 

Era sexy, elegante, inteligente, independiente. Creo que es la primera muñeca que tuvo novio. Aunque a mí el tal Lucas, no me gustase mucho. Y desde luego es la primera que llevó pantalones. Nancy tenía, además, vestidos de fiesta y disfraces; todos llevaban sus complementos. Recuerdo un vestido de fiesta con falda larga y blusa con adornos de pasamanería dorada y un echarpe; y también un traje pantalón vaquero con un pañuelo al cuello y que llevaba como complemento unas gafas y ¡claro! a mí me encantaban las gafas, porque entonces yo era miope, muy miope. Las gafas no las conservo, ni las mías ni las suyas. Pero el que más me gustaba era un traje, entonces, muy escandaloso. Un pantalón de campana de talle bajo que dejaba ver su “pecaminoso” ombligo y que iba a juego con algo que después se ha llamado top, pero que entonces era una camiseta corta. ¡Qué sexy estaba la Nancy!

Toda una revolucionaria, esta hippy. Sí es que no podía ser de otra manera, nació en la primavera de 1968 (en medio de las revoluciones menos cruentas del siglo XX). También era bohemia. Y se vestía de pintora. No de brocha gorda, de pintora artista. Después he visto que también era azafata y enfermera; pero no era médica, ni abogada, ni profesora universitaria, ni policía, ni taxista. No tenía mucho donde elegir, pero iba abriendo camino.

¡Eh! ¡Se me olvidaba! Yo era de la Nancy pelirroja.

Modelo de Maya Hansen
En el Museo del Traje de Madrid, hay una exposición de la Nancy. Han aprovechado su 45 cumpleaños para vestirla como lo que ha sido siempre, toda una señora. Los mejores y más conocidos diseñadores han trabajado para ella: Devota&Lomba, Ángel Schlesser, Amaya Arzuaga, Agatha Ruiz de la Prada. Todas las Nancys perfectamente maquilladas y peinadas para la ocasión. Muy serias y muy metidas en su papel de modelos. Una ocasión de lucirse como ésta no se tiene todos los días. 
Modelo de Ion Fiz

La más original, el modelo inspirado en Frida Kahlo, de Maya Hansen. Precioso, lleno de colorido y desafiando a la muerte. ¡Hasta en los lazos de los zapatos lleva calaveras! Vestida de Hannibal Laguna, no puede ser más elegante. Y la más romántica, sin duda, la que lleva el modelo diseñado por Ion Fiz. Además, a sus 45 años, tiene todavía tipazo para lucir las transparencias de Andrés Sardá.

Después de pasar unos años metida en una caja (me arrepiento de ello y  no volveré a hacerlo nunca más), ahora mi Nancy tiene el lugar preferente que nunca debería haber perdido. No está sola. Otras Nancys la acompañan (también estaban con ella en la exposición). Las nuevas Nancys, son un poco más altas que ella, con el pelo más largo, los ojos más grandes y también muy guapas. Pero no son mi Nancy de 1972. Mis nuevas Nancys son rubias, excepto la última en llegar, la Nancy Halloween 2014, el hada del agua, con el pelo negro y mechas azules y unas lentillas que dan miedo y orejas de elfa. Preciosas todas. Mi Nancy de 1972 tiene 3 compañeras nuevas. No sé si llegará alguna más.




Exposición: Nancy se viste de moda
Museo del Traje
Avenida Juan de Herrera, 2, Madrid
Del 27 de septiembre de 2013 al 19 de enero de 2014


jueves, 31 de octubre de 2013

Teatro: En el estanque dorado de Ernest Thompson

El autor.- 
Ernest Thompson es escritor, actor y director en Estados Unidos. De su vocación como escritor, dice que no se puede curar; las malas críticas no impulsan a abandonar, por el contrario son un acicate para seguir intentándolo. De su trabajo como actor, dice que los actores no deben crecer nunca y que en realidad, encuentran su propia voz utilizando las palabras de otros. Con la adaptación al cine de En el estanque dorado ganó un Oscar y dos Globos de oro.

Sinopsis.-
Ethel y Norman Thayer pasan sus vacaciones, como todos los años, en su casa a la orilla del estanque dorado. El bosque, los patos, la barca y salir a pescar son sus objetivos durante ese tiempo. Su hija Chelsea, acude a visitarlos con una sorpresa. 

Mi opinión.-
Es un placer formar parte de una obra de teatro, aunque sea como público. Estás cómodamente sentado en tu butaca, asistiendo a la vida (ficticia, pero vida al fin y al cabo) que otros llevan. 

Es un placer encontrarse con Lola Herrera y Héctor Alterio. 

En su momento vi también la versión cinematográfica de los años 80, con Henry Fonda y Katharine Hepburn y recuerdo que se potenciaba mucho más la conflictiva relación que mantienen con su hija. Supongo que los productores aprovecharían las tensas relaciones que, por entonces, mantenían Henry Fonda y su hija Jane (que también interpretaba a su hija en la película). En esta versión teatral, la primera que se realiza en España, el conflicto pasa más desapercibido, porque la obra de teatro mantiene un tono más melancólico, pero con mucho sentido del humor. 

El protagonista absoluto es Norman Thayer (Héctor Alterio). Al principio de la representación se puede pensar que Norman vive con desesperación su vejez y que su malestar le impulsa a constantes llamadas de atención (puntualmente respondidas por su esposa). Su “fingido” desvalimiento, su inapetencia; pasarse el rato hundido en un sillón murmurando, sin que apenas entendamos lo que dice, nos hacen sentir por él compasión. Todo lo podíamos achacar a la rebeldía y al miedo que le produce su vejez. Pero a medida que se desarrolla la obra se puede percibir que, en realidad, Norman siempre ha sido así. Un quejica, con mucho tiempo libre para mirarse el ombligo. 

Y llego a esta conclusión, de que Norman Thayer es el típico marido cenizo, por dos cosas. La primera de ellas, es que en cuanto aparece el hijastro adolescente de su hija, todo cambia y las ganas de vivir, de reír y de pescar vuelven a aparecer. Se alimenta de la energía y la juventud de otro. Así lo ha hecho durante toda su vida con Ethel, su mujer, interpretada por Lola Herrera. Destinada durante toda su vida (como muchas esposas) a contemplar las impertinencias del marido. Ethel es muy vitalista o simula serlo. Quiere morir sintiéndose viva, exagerando una felicidad que intenta transmitir a Norman, sin éxito. Sin embargo, cuando se queda sola en escena, apenas unos minutos, escuchamos su cansancio. Es un cansancio que no se atreve a confesar a su marido y mucho menos a su hija. Ella misma se obliga a representar una alegría que también la cansa.

La segunda razón por la que creo que Norman es un marido cenizo es porque su hija, Chelsea, también lo es. Otra quejica, que sigue enfurruñada con sus padres y con el mundo, como cuando era adolescente; que apenas se relaciona con su padre y que echa en cara a su madre que no le prestase la debida atención. Un poco cansina, igualita igualita que su padre. No sé cómo Ethel ha podido vivir tantos años sin ser consumida por esos dos vampiros.

Me parece un acierto, que en esta versión de Emilio Hernández, dirigida por Magüi Mira, se haya potenciado más el humor que la melancolía; porque sí que es una reflexión sobre las relaciones humanas y los reproches y las expectativas y las frustraciones, pero darle un registro más distendido no le resta nada de profundidad. 

Lo peor del teatro es el público que espera el silencio de los actores para ponerse a toser, en franca competición unos con otros y que es incapaz de desconectar el sonsonete de sus teléfonos móviles, independientemente de la cantidad de veces que se les repita que lo hagan. ¡Que les corten la cabeza, así no toserán más!







martes, 12 de marzo de 2013

Novela: Ce que le jour doit à la nuit (Lo que el día debe a la noche)


Sinopsis.-
Younes/Jonás, anciano argelino, repasa su vida. Desde la infancia en un entorno rural, áspero y poco gratificante, a su vida en la ciudad. Primero, en la periferia mísera de los inmigrantes llegados del campo devastado y después, adoptado por su tío, en una zona aburguesada y colonial. La vida le irá llevando alternativamente hacia cada uno de los dos bandos. 

El autor.- 
Yasmina Khadra es un pseudónimo. El autor lo eligió para pasar totalmente desapercibido en su vida normal y tener así libertad absoluta para poder escribir, sin censura y sin autocensura. Además, es un nombre de mujer que en árabe significa “jazmín verde”; es el segundo nombre de su esposa. En realidad su nombre es Mohammed Moulessehoul; fue comandante del ejército argelino y actualmente vive en Francia dedicado a la literatura. Otras obras suyas son El atentado y la Trilogía de Argel

Mi opinión.-
De Yasmina Khadra había leído la Trilogía de Argel, compuesta por Morituri, El otoño de las quimeras y Doble blanco, que responde al canon de novela negra clásica, y me había gustado mucho. En este libro, sin embargo, no he acabado de sintonizar con el autor. A pesar de que, desde luego, mantiene la calidad literaria, un lenguaje poético y de constante evocación y nostalgia, no me ha llegado a emocionar.

La historia del protagonista se desarrolla desde los años 30 a 60 del siglo XX: desde la miseria de un entorno rural antes rico, hasta los arrabales habitados por inmigrantes que buscan sobrevivir; desde el colonialismo “feliz”, a la rebelión y la guerra contra la metrópoli. Todo de una forma muy sutil (a veces excesivamente ligera) porque a pesar de vivir períodos históricos tan intensos, el protagonista nunca toma partido. 

El personaje central, Younes/Jonás, me ha resultado absolutamente antipático por su pasividad. Puede ser que, al tratarse de los recuerdos de un anciano, el autor haya optado por la ensoñación del pasado, pero para mí existe tal desapasionamiento que da la sensación de que Younes/Jonás, no ha vivido su vida y que tampoco se arrepiente de ello. 

De una manera totalmente lineal, nos va contando cómo los demás son los encargados de situarle en un sitio o en otro. Siempre, los otros: su padre, su tío, sus amigos, sus posibles novias, son quienes deciden por él. Su padre, abrumado por la miseria y la desesperanza, le deja en manos de su tío y abandona al resto de la familia (esposa e hija sordomuda); su tío, le educa en un ambiente liberal, culto y tolerante y le proporciona una vida cómoda, asimilada a la de los jóvenes occidentales descendientes de colonos; sus amigos de origen europeo, le consideran uno de ellos; los sirvientes de éstos, le recuerdan su origen musulmán. 

Él nunca se define y podríamos pensar que es porque quiere pertenecer a ambos mundos y mantener al mismo tiempo, como complementarias, sus dos identidades. Pero no, su falta de definición es apatía o indiferencia, pasividad o cobardía; dejarse llevar por la corriente que en el momento es mayoritaria y sin tomar nunca las riendas de su vida.

Dice el autor en una entrevista que ha querido escribir una epopeya de la Argelia del siglo XX, con sus contradicciones y su violencia; con todas sus influencias, norteafricana y occidental (no sólo francesa, también española). De toda esa diversidad que durante un tiempo al menos, aparentemente, supo convivir y ser fértil; pero que también ocultaba corrientes de miseria, pobreza y desesperación que terminaron por estallar. Sin embargo, no ha sido muy detallista a la hora de describir estos estallidos. Pasa por el ambiente de violencia previo a la guerra, sin juzgar ni la agresividad del régimen colonial, ni la agresiva respuesta de los que llegan a ser extranjeros en su propia tierra. 

Respecto a la historia de amor, pues es bastante evidente y trillada. Émilie es una joven de origen francés, hija de una viuda rica, con unos ojos profundos y de una intensidad cercana a la tristeza, a la que todos desean enamorar; ella tiene claro que su elegido es Jonás, pero… Es una historia de amor frustrada por un motivo que puede resultar un poco trivial. Al final yo sigo pensando que es la propia pasividad del protagonista la que malogra la historia de amor.

Younes/Jonás tiene la suerte de haber nacido hombre y guapo, las dos únicas razones por las que su padre le da en adopción; son ventajas que le suponen una vida diferente y mejor que la de su hermana menor sordomuda. Pero él no ha sabido valorar la suerte que ha tenido en la vida. 

¿Querría el autor escribir una novela sobre el triste destino de una niña sordomuda y pobre abandonada por su padre en la Argelia de los años 30? Creo que no. 


Ce que le jour doit à la nuit
Ed. Julliard. Pocket