Quien roba a un ladrón… ya sabemos lo que sigue. El Uruguayo
ha planeado un robo (con la ayuda de alguien) casi perfecto; le ayudan a
llevarlo a cabo el Gallego y otros compinches que no tienen muchas luces. El
día elegido sale lluvioso; más que eso, llueve a cántaros. Lo que, en
principio, sólo complica un poco las cosas o quizá un mucho. Es importante señalar que el banco está en Valencia, foco de corrupción
declarado, así que no se trata de robar sólo dinero.
Por estas complicaciones los atracadores se ven obligados a
coger rehenes. Y en ese microcosmos cerrado, se concentra una pequeña muestra
de personajes más atrapados por las circunstancias sociopolíticas que por los propios atracadores. La directora del banco (Patricia
Vico) acaba de ser despedida, después de que durante años se haya dedicado a vender
productos financieros de mierda a clientes incautos para que el banco terminase
arruinado por su propio consejo de administración; hay una joven pareja que no puede
pagar la hipoteca porque se ha quedado sin trabajo; además el empleado pelota que se
encarga de dar la alarma y complicar el asalto. Y los atracadores son de traca. Atracadores de
ida y vuelta que lo mismo dan un golpe en Argentina que en España. El Uruguayo (Rodrigo
de la Serna) parece un profesional pero va a resultar un ingenuo al que se la
dan con queso. Y el Gallego (Luis Tosar) parece un poco más inteligente, pero al final también cae.
Porque los atracadores son malotes sin doblez ni apenas
maldad; pero en la parte de los buenos
las cosas ya no están tan claras. El jefe de gabinete (Raúl Arévalo) es un poco
turbio y el negociador de la Guardia Civil (Jose Coronado) es capaz de arreglar
todos los problemas cueste lo que cueste y muera quien muera, especialmente si mueren quienes amenazan a sus amigotes corruptos.
La clave para salir bien parados del atraco frustrado es una
caja de seguridad que custodia un disco duro muy comprometedor. Chanchullo,
corrupción, fotos, vídeos, todo lo que pueda relacionar a políticos de alto rango
con empresarios sin escrúpulos; todo lo que puede hacer caer a un gobierno
frágil. Sin embargo, como los sinvergüenzas siempre escapan, este gobierno de corruptos tendrá como salvador
involuntario a uno de los atracadores, con menos luces que un candil apagao.
La película mantiene la tensión. Tiene
golpes de comedia pura y también es muy sentimental, hasta los atracadores se
hacen confesiones y se ponen en plan osito de peluche. Perdedores con buen
corazón. Pero también da puñetazos en la mesa y pone las cosas en su sitio,
aunque hacer una crítica de la estafa financiera que vivimos desde hace unos
años no sea su finalidad y a la hora de la verdad los malos sigan ganando.
Director: Daniel Calparsoro
Guión: Jorge Guerricaechevarría
Música: Julio de la Rosa
Fotografía: Josu Inchaustegui
Intérpretes: Rodrigo de la Serna, Luis Tosar, Raúl Arévalo, Patricia Vico, Jose Coronado y Joaquín Furriel.
Edith Wharton nació en Nueva York en 1862. De clase alta,
recibió una esmerada educación y tuvo un talento especial para la escritura.
Fue una mujer libre. Se casó y acabó divorciándose por las continuas
infidelidades de su marido; tuvo amantes, hombres y mujeres, para escándalo de
su privilegiada clase social. Durante la I Guerra Mundial vivió en Francia y
fue condecorada con la Legión de Honor por su dedicación y ayuda a los
refugiados y heridos en el frente. Murió en Francia en 1937. Otras obras suyas:
La edad de la inocencia, La casa de la
alegría, Un hijo en el frente. En 1930 escribió Back to Compostela, un ensayo inacabado sobre sus viajes de 1925 y
1928 por el Camino de Santiago.
Mi opinión.-
The other two es un relato breve pero magistral. En las
novelas y relatos de esta autora la alta burguesía neoyorquina es el personaje
principal y Wharton no pierde ninguna oportunidad para resaltar su frivolidad y
rigidez, utilizando toda la ironía de la que es capaz para ponerlos un poco en
ridículo. Eso pasa en este cuento.
El señor Waythorn acaba de casarse con Alice y al principio
no siente ninguna preocupación por el hecho de que ella se haya divorciado ya
otras dos veces. Es algo que a su entorno tampoco parece preocuparle. Al fin y
al cabo viven en 1904 y la sociedad ha evolucionado. Pero las cosas empiezan a
cambiar cuando vuelven de su luna de miel y por diversas circunstancias los
exmaridos empiezan a tener, cada vez más, una presencia regular en sus vidas. Waythorn
no sabe cómo manejar esta situación.
Alice y su primer marido tuvieron una hija, Lily, que vive
con el nuevo matrimonio. Al caer enferma, el señor Haskett acude a visitarla.
Este primer exmarido es, visiblemente, de rango social inferior al de Waythorn,
pero lo que más le desconcierta es que no es grosero ni bruto como él se había
imaginado o como Alice le había hecho creer. Al revés se trata de un hombre
indefenso y tímido. Lo que más molesta a Waythorn es que se da cuenta de que Alice
también ha pertenecido a ese mundo social inferior.
Gus Varick, el segundo exmarido, fue quien le dio a Alice el
impulso suficiente para su ascenso social. A lo largo de la historia Waythorn
se da cuenta de que la imagen que se había hecho de Alice no es la real. No es
que empiece a odiarla sino que la relación que Waythorn mantiene con sus
predecesores le da una imagen completamente distinta de la que se había hecho
de Alice. No la juzga, pero empieza a considerarla como un poco “trepa”.
Quinta Avenida. Nueva York
He leído algunas críticas sobre este cuento, en las que
consideran que el personaje de Alice simboliza una especie de evolución
darwinista. Una mujer que es capaz de elegir el marido que le conviene en cualquier
momento y dejarlo cuando encuentra otro que le ofrece una posición mejor. Una
acción egoísta, sin duda, pero que como estrategia de adaptación funciona
perfectamente. Su pragmatismo le procura cada vez una mejor posición social
para ella y su hija; sin que, por otra parte, perjudicar a sus maridos anteriores.
Waythorn, al menos aparentemente, supera sus inseguridades y
el relato termina con los cuatro personajes tomando civilizadamente el té en
casa de Waythorn. Muy british a pesar de ser una autora estadounidense.
El director Ned Benson presentó en el Festival de Toronto dos
películas relacionadas La desaparición de
Eleanor Rigby. El y Ella. Esta versión completa formada por las dos películas,
por presiones de la industria, no se exhibió en las salas comerciales. No se
trataba de primera y segunda parte, sino de la visión subjetiva de cada uno de los
personajes sobre un acontecimiento crucial y trágico de su vida. Para los cines
se preparó una versión única titulada La
desaparición de Eleanor Rigby. Ellos. Ahora en algunos cines comerciales y
en DVD se ha editado la idea original del autor.
El punto de partida
de las películas es la superación de la muerte de un hijo. Conor y Eleanor
sufren la pérdida de su bebé y ambos afrontan este hecho de manera diferente.
Eran una pareja de jóvenes enamorados, llenos de ilusión y proyectos. Todo su
entorno les veía como una sólida pareja y ahora, a partir de la muerte del niño, cada uno tiene que recomponerse a sí mismo antes de intentar recomponer su vida
en común.
En La desaparición de
Eleanor Rigby. Él, Conor (James McAvoy) se enfrenta a esta situación sin
alejarse de su entorno más próximo. Continúa con su trabajo, es el propietario
de un pequeño restaurante y está endeudado hasta las cejas; sigue viendo a sus
mismos amigos, incluso su amigo íntimo es su socio en el restaurante. Por el contrario, su mujer
Eleanor está encerrada en sí misma, ausente de la vida, y la comunicación con
ella es imposible. Para Conor su dedicación al trabajo es una manera de
recuperarse del dolor. Parece una actitud más pragmática que su mujer no entiende.
En La desaparición de
Eleanor Rigby. Ella, conocemos el punto de partida de Eleanor (Jessica
Chastain). Al contrario que Conor, Jessica decide salir huyendo. Primero
intenta suicidarse, después abandona a Conor y se refugia en casa de sus
padres. Allí se enfrentará a la idea que otras mujeres tienen de la maternidad.
En primer lugar, su madre (Isabelle Huppert), una mujer que vive sus
frustraciones con la serenidad que el alcohol le da y que le confiesa, sin maldad y sin ninguna intención de torturarla, que
nunca quiso tenerla, que se quedó embarazada y que era incapaz de cuidar a nadie
porque tenían que cuidarla a ella. Después su profesora de universidad (Viola
Davis), una mujer de unos 50 años que apenas ve a su hijo y que le confiesa,
con un cierto cinismo, que hagas lo que hagas los hijos siempre te acusarán de
no haber hecho suficiente, de no haber hecho nada o de haberlo hecho todo mal.
Conor y Eleanor también se reconocen en los fracasos de sus
padres; entienden que no hay seguridades en la vida y que todo se puede
desmoronar en un segundo al mismo tiempo que en el segundo siguiente todo
vuelve a encajar, si no perfectamente sí al menos con la posibilidad de que la
rueda vuelva a girar. Aprender que, a veces, alejarse no es tan mala opción.
La acción se desarrolla en Nueva York y en esta película, la
ciudad también recupera su escala humana. La gente va a trabajar a pie o en bicicleta,
no es extraño que andando por la calle te encuentres a un amigo, el ruido del
tráfico no es atronador y nunca estás solo. Los colores acompañan también el
duelo de los protagonistas. En la primera película, El, el azul y los grises; en la segunda, tonos más cálidos para ella.
Dirección y Guión: Ned Benson
Música: Son Lux
Fotografía: Christopher Blauvelt
Intérpretes: Jessica Chastain, James McAvoy, William Hurt, Isabelle Hupert, Viola Davis
Las fotografías aéreas de carreteras enlazadas y superpuestas donde circulan, en todas direcciones e incesantemente, coches perfectamente
sincronizados, pueden parecer una metáfora de la vida. Aparentemente son
coches limpios, que guardan la distancia
de seguridad, marchan ordenados, siguiendo una coreografía impuesta y a salvo
siempre que respeten las normas. Esa es la imagen que me queda de esta serie.
Que siempre que respetes las normas tendrás tu sitio en el camino de la vida.
Pero a veces no es así. Para los cuatro principales personajes de esta serie no
ha sido así, por diferentes causas. Por su origen social, por una decisión crucial
errónea, por la culpabilidad que sienten o por la no aceptación de sí mismos,
estos personajes han perdido su sitio en la vida y la vuelta a la normalidad no
les es posible.
Esta segunda temporada de True Detective no es comparable a
la primera. No voy a decantarme por ninguna de las dos porque ambas pasan ampliamente el examen. En la primera temporada la literatura y la filosofía tenían un lugar preponderante y televisivamente, también era más innovadora. Esta segunda temporada es más conservadora, más convencional respecto a temática, imagen y línea narrativa, pero tiene momentos de gran
dramatismo muy bien resueltos por los actores. Si en la primera se podía hacer
un análisis de masculinidades (Pizzolato reconoce que cuestiona un tipo de
masculinidad surgido después de la II Guerra Mundial), en la segunda el armazón
que sujeta toda la trama policial son las relaciones padre-hijo o padre-hija y cómo los conflictos no resueltos de la infancia se mantienen durante toda la vida del individuo. Se puede
sacar todo un análisis sobre paternidades: de la ansiedad por ser padre hasta
el fracaso y la posterior redención. De hecho, en las dos temporadas, los
finales, que han sido ampliamente cuestionados, tienen mucho de redención y además de
redención católica en sentido estricto. Ignoro si Nic Pizzolato es católico o
no o si ejerce como tal, pero los finales de sus series sí que pueden tener una
lectura de esperanza y redención católicas.
Sobre un contexto de poderosas sagas familiares que
mantienen relaciones clientelares a base de sobornos y corrupción, la política
y los gánsteres de diferente calibre van de la mano e intentan modernizarse
dedicándose a negocios más o menos legales. En Vinci (ciudad ficticia de
California), el brutal asesinato de Ben Casper, ejecutivo de una empresa de
trenes de alta velocidad, provoca la reunión de los cuatro personajes
protagonistas de la serie.
Frank Semyon
Ben Casper trabajaba para Frank Semyon (Vince Vaughn) y con
su muerte desaparece también una importante cantidad de dinero de Frank. Frank ha
ganado toda su fortuna trabajando desde niño, sin ayuda de nadie y la mayor parte
de las veces en negocios turbios: tráfico de drogas y explotación de mujeres
para la prostitución. Creció en un hogar desestructurado sometido a abusos
emocionales por parte de su padre y lo único que quiere es una oportunidad para
ser decente y tener un hijo. Eso es lo que más desea, ser padre; aunque
lamentablemente está enamorado y casado con una mujer estéril. Todo ese sufrimiento que ocupa su mirada, no puede ocultar que, también, le queda espacio para la brutalidad.
Frank tiene a varios policías en nómina, para utilizarlos
según sus necesidades. Uno de ellos se encarga de la investigación policial del
asesinato de Casper. Es Ray Velcoro (Colin Farrell), enganchado al alcohol y a
las drogas y a las drogas y al alcohol de manera sobrehumana. Años atrás Frank
Semyon le hizo un favor por el que está pagando con su alma. Su esposa le
abandonó hace tiempo y ha rehecho su vida. Tuvieron un hijo, aunque debido a la
violación de la mujer, ambos tienen dudas sobre la paternidad del niño; esto
contribuyó enormemente a destrozar su matrimonio. Aunque adora a su hijo, Ray
ve en él, un niño gordo, cobarde y llorón. Apenas tiene nada de que hablar con él cuando están juntos; pero después, cuando Ray está solo en su casa, graba interminables mensajes para dárselos.
Otra agente encargada del caso es Antígona Bezzerides (Rachel
McAdams). Una policía durante las 24 horas del día. Obsesionada con su trabajo
y con no olvidar un suceso traumático de su pasado. Creció en una comuna hippie
de los años 1980, sin una autoridad clara y sin sentirse protegida; no es extraño que haya elegido ser policía. Mantiene relaciones conflictivas con
su padre (un gurú Nueva Era) y con su hermana (una artista que en busca de su
camino en la vida, ejerce esporádicamente la prostitución), su madre murió hace
años. Ha sido acusada de acoso sexual por un compañero de trabajo que no
entendió que Bezzerides quisiera terminar con su relación sexual.
Bezzerides se ha preparado para subsistir en ese mundo masculino. Es fuerte, independiente, se entrena en artes marciales y depende totalmente de un pequeño cuchillo, pero toda su agresividad la dirige principalmente contra sí misma. Es un castigo. Es significativo que se llame Antígona como la heroína griega que desafía la ley establecida para cumplir el deber moral de hacer justicia.
Paul Woodrugh (Taylor Kitsch) es el policía de carreteras
que encuentra el cadáver de Casper. Es un joven muy atractivo, casi demasiado
atractivo, que es acusado por una detenida de abuso sexual. Ha sido militar
destinado en Afganistán y de allí vienen parte de sus demonios. Pero además, su
madre también ejerce cierto abuso emocional sobre él. Ella se emborracha, se
gasta su dinero y le culpa de haberle destrozado la vida por haber nacido
cuando ella era apenas una adolescente que quería llegar a ser bailarina. Paul quiere mantener una
relación normal con una mujer, pero a pesar de su físico y su juventud (no
tiene más de 30 años) necesita viagra para poder mantener relaciones sexuales
con su novia. Paul no acepta su condición de homosexual.
A medida que pasan los capítulos, la trama policial pierde
interés porque lo verdaderamente importante es la angustia existencial de estos
personajes inadaptados. Parecen elegidos por los hados para ser sacrificados y
que nunca puedan resolver el crimen de Casper. Sin embargo, entre ellos se crea
una alianza de desesperación y decencia para llegar hasta el final, aun a costa
de sus vidas.
A esta pérdida de interés también contribuye que, hacia el
final, aparecen nuevos personajes “recosidos” de una manera artificial para poder
justificar la trama y esto resta credibilidad y fuerza al resto del guion. Sin embargo,
el dramatismo de algunas situaciones compensa. La confesión de culpas en la
cama entre Velcoro y Bezzerides, es el punto de inflexión que más tarde dará un
hueco a la esperanza. Termina la serie de una manera, que yo considero abierta,
y aunque creo que no existirá una tercera temporada, sí que habría espacio para
rodar una película sobre Antígona Bezzerides y su esfuerzo por hacer justicia.
Esta vez la cabecera es de Leonard Cohen. Hipnótica y desasosegante.
Nació en Madrid en 1975. Es licenciada en Ciencias Físicas
por la Universidad Complutense de Madrid y trabaja en informática. Y además de
escritora, canta como soprano, toca el piano y el violonchelo. Ha publicado un
libro de relatos la Teoría del todo y
Horror vacui es su primera novela.
Mi opinión.-
“… lo que siempre ha
estado en juego, no es la vida. Es el teatro.” Hacia el final de la novela
esta frase es la clave. En ese juego de representaciones incluyo la
propia identidad. ¿Quiénes somos? Porque a veces somos uno y a veces no nos
parecemos en nada a ese que somos. Nuestro comportamiento depende de las
situaciones y depende de nuestros interlocutores. Somos todo ello, múltiples
conductas en diversas situaciones con compañeros diferentes. Sería demasiado
pobre que todo eso se considerase una sola identidad. Lo hicimos todo por ti, es la disculpa.
Isaac es un tatuador. No recuerda nada de su vida anterior a
los últimos 10 años. Tampoco tiene documentación, fotografías, domicilio,
familia o amigos que pudieran relacionarle con ese período de su vida. Sólo una
gran cicatriz en forma de sierra en la cabeza. Además de su amnesia, padece un
trastorno obsesivo compulsivo. Siente la imperiosa necesidad de contar
constantemente: las pestañas de la gente, las escamas de un pez, las farolas de
camino a su casa, los parpadeos de un fluorescente que funciona mal. Todo ello
son rutinas con las que trata liberarse de su ansiedad. Con esas rutinas de
conteo, dibujando y tatuando, ocupando todo su espacio con imágenes, trata de
liberarse de la ansiedad que le provoca el vacío de su memoria.
Este es el planteamiento de este thriller psicológico sobre
la identidad en un ambiente inquietante dominado por la lluvia, la desconfianza
y unos personajes tan estrafalarios como amenazadores. Llega un momento que no sabes realmente si el
protagonista está viviendo todo eso o es una alucinación de su mente
perturbada. Los autómatas, Antonia íntegramente vestida de rojo, Alois
íntegramente vestido de blanco, el ausente Maurice Cornelius.
Todo se centra en adivinar quién es Maurice Cornelius y
porqué encarga a Isaac que pinte sin dejar ni un punto blanco todas las paredes
de una habitación inmaculadamente blanca. Una habitación que había servido para
exhibir a los autómatas. La tensión va creciendo hasta las últimas páginas de
la novela que son para leerlas sin respiración. Del mismo modo que todo
comienza con un punto, todo termina con un fundido en negro. Cada paso para
descubrir el enigma es un punto con el que recomponer el dibujo de su pasado. La
transformación del vacío en una plenitud empieza con un punto, con una escama,
con un pez de trescientas cuarenta y cinco escamas. Este pez se transforma en
lagarto y el lagarto en un ave. En la transformación de la identidad Isaac
encontrará la clave de su vida pasada. La autora plasma esa transformación
perfectamente con una narrativa muy visual, muy concentrada en los colores y
que recuerda a los grabados de M.C. Escher, Maurits Cornelis Escher.
Esta primera novela me ha parecido muy arriesgada por lo
difícil de seguir al protagonista desde su propia cabeza, desde su propia
obsesión. A veces la trama decae un poco. Aparecen quizá demasiados personajes
que no aportan mucho y despistan; pero el ritmo de resolución sobre todo a
partir del último tercio del libro es desasosegante. Muy recomendable.
Ethan y Joel Coen nacieron en Minnesota y supongo que
después de estrenarse esta película no les dejaron volver por allí. Minnesota
es el estado situado más al norte dentro
del Medio Oeste de Estados Unidos y según lo que aparece en la película nieva
mucho, muchísimo y hace mucho, mucho frío. El personaje más popular es Paul
Bunyan, un leñador legendario, fuertote y campechano, mito del folklore
americano. Viendo la escultura que sale en la película, es para echar a correr.
La mayoría de la población es de origen escandinavo y alemán.
De ahí que los apellidos de los protagonistas no sean los habituales Smith o Jones, sino Gunderson, Lundegaard, Gustafson,
etc. Fue una película que tuvo mucho éxito en su estreno. Circuló por bastantes
festivales recogiendo premios y obtuvo también dos Óscar: a la mejor actriz y
al mejor guion original. Como anécdota respecto al guion contaré que aunque los
hermanos Coen afirmaron haberse basado en hechos reales, no es cierto.
El guion es una mezcla de análisis costumbrista, mordaz y
despiadado y de comedia negra, ácida y brutal, donde los personajes son
expuestos ante la cámara sin ningún miramiento, de manera que pensemos que la
suma de los coeficientes intelectuales de todos ellos no llega a la media. La
reiteración constante de “yep”, “jeez”, “yeah” y “oh”, cantinelas que terminan
siendo insufribles, nos remite a un rebaño de ovejas balando. Una mezcla difícilmente
digerible de ingenuidad y palurdez rebozada en ironía un tanto cruel que a mí
me recuerda a las películas de Berlanga; aparentemente rodadas con cariño hacia
los personajes más desfavorecidos e ignorantes, pero que, en realidad, esconden la prepotencia del señorito. En fin, deben ser cosas mías.
Las interpretaciones de los actores son excepcionales, la
dirección impecable, el guion original y la fotografía perfecta. Pero todo me
resulta frío y no sólo por la nieve. No empatizo con los personajes ni con sus
desdichas. Me parece que es un producto para el mercado estadounidense, pero
como el mercado estadounidense es todo el globo terráqueo nos lo tenemos que
tragar. Si en lugar de estar ambientada en una ciudad pequeña de Estados
Unidos, lo estuviera en un pueblo de Los Monegros, nadie hubiese ido a verla.
Frances McDormand es Marge Gunderson, una sheriff
embarazadísima y enamoradísima de su marido que resolverá el delito con
paciencia, perspicacia, mucho café y pocas ganas de andarse por las ramas. William
H. Macy, es Jerry Lundergaard, un vendedor de coches emasculado por su suegro que
planea el secuestro de su esposa con tan poca gracia que los asesinatos se van
sucediendo como fichas de dominó. Steve Buscemi es uno de los ladrones que se
mete a secuestrador por encargo y que no tiene ni tripas ni cerebro suficiente
para ello.
Ni me hace gracia, ni me causa dolor.
Director: Joel Coen
Guión: Joel and Ethan Coen
Música: Carter Burwell
Fotografía: Roger Deakins
Intérpretes: Frances McDormand, William H. Macy, Steve Buscemi, Peter Stormare
El renacido esta basado en una historia real. En 1822, Hugh
Glass respondió a un anuncio en el periódico que buscaba a “jóvenes
emprendedores” que quisieran trabajar durante unos años, río Misuri arriba,
para una compañía de comercio de pieles. Era un experto trampero y explorador, pirata
y buscavidas. Allí fue atacado por una osa; gravemente herido es abandonado por
sus compañeros de expedición que optaron por su propia salvación. Sin
embargo, él consiguió sobrevivir y vengarse. Especialmente de uno de ellos, John
Fitzgerald. Todo esto es información de la Wikipedia.
En realidad la película adapta una novela escrita en 2002 por
Michael Punke, abogado y analista político que actualmente representa a los
Estados Unidos en la Organización Mundial de Comercio. Visto así, no es tan paradójico que este escritor ensalce la figura de un joven emprendedor del siglo XIX; independiente, individualista y neoliberal. El sueño de cualquier estadounidense. En el siglo XIX, el
comercio de pieles era muy importante en Estados Unidos; tanto como hoy, la depredación financiera.
Tradicionalmente Rusia
había sido la potencia incuestionable hasta que EEUU y Canadá entraron en este
sector comercial. Para conseguirlo, se recurrió a la contratación de “jóvenes
emprendedores” con pocos escrúpulos y que quisieran enriquecerse rápidamente.
Para que el negocio fuese más atractivo, no se limitaba la caza de ninguna
manera. He leído que la extinción del bisonte en EEUU está relacionada con esta
manera abusiva y desmedida de explotar un recurso natural.
Esta depredación del medio ambiente tenía también otra
consecuencia favorable a la expansión de los colonos de origen europeo. Alterar
de esta manera el equilibrio ecológico, supuso también que los habitantes autóctonos
de estos territorios, los que agrupamos erróneamente como indios, que tradicionalmente
habían vivido de la explotación de estos recursos, no pudieran competir con una
maquinaria industrial de caza y venta de pieles y tuvieran que emigrar o
supeditar su modo de vida al de los europeos.
Pero esta película narra únicamente la historia de
supervivencia; y parece que lo hace de una manera un poco más edulcorada de lo
que en realidad ocurrió. En la peli, Glass (Leonardo DiCaprio) tiene un hijo
mestizo, al que adora; en la realidad parece que tuvo varios a los que no prestó ninguna atención. Así, una historia de supervivencia entre hombres adultos, Glass y Fitzgerald, se trastoca en una historia de venganza de un padre por la muerte de su hijo. Después del ataque de la osa, Glass está herido y no puede continuar el viaje y Fitzgerald (Tom Hardy),
encargado por el capitán de la expedición de quedarse con él hasta que muera
para darle digna sepultura, morirá también si el desenlace no se produce
pronto. Observando la situación desde la distancia, ambos hombres luchan por lo
mismo y la supervivencia de uno está indisolublemente ligada a la muerte del
otro. Igualmente crueles, igualmente sanguinarios. Sin embargo, la existencia
del hijo mestizo hace que el público empatice con Glass, que trata de
sobrevivir para vengar su muerte, y odie a Fitzgerald, que sólo
trata de sobrevivir para sí mismo. Trampa sentimental de Hollywood.
La película es preciosa, técnicamente prodigiosa, de
fotografía impecable, interpretaciones antológicas y música conmovedora. Pero
es inmensamente larga; a veces es lenta, lentísima. Hecha para lucimiento de Leonardo DiCaprio y para que de una vez gane el dichoso óscar. Y realmente, yo no se lo
daría por esta película por eso mismo. Porque resulta excesiva y falsa. Una vez
que has visto a DiCaprio comerse un pez crudo, ya no te impresiona que se coma
el corazón crudo de un bisonte o que destripe a un caballo muerto para
sobrevivir a una noche nevada. Todo eso resulta puro efectismo, regodeo y
repetición para que no se nos olvide lo mal que lo ha pasado DiCaprio en el
rodaje.
Por otra parte, la película tampoco pasa el Test de Bechdel
que ya he explicado alguna vez que es un test que evalúa la brecha de género.
Es decir, que, en esta peli, no hay papeles significativos interpretados por ninguna
mujer, excepto el de la osa, aunque todo el mundo se empeña en repetir que es un oso (es una osa porque viaja con sus oseznos y ataca cuando intuye que sus crías están en peligro... amor de madre). En escasas ocasiones aparece la esposa india del protagonista; son alucinaciones o recuerdos, y aportan ensoñación a la cruda realidad que está viviendo Glass, pero nada más. Entiendo que no haya papeles más relevantes porque responde a hechos históricos y no lo reprocho,
simplemente lo hago constar. Además, el actor elegido para interpretar al hijo mestizo de Glass tampoco me resulta creíble.
No sé si existe como género el cine de supervivencia. Si no
existe habrá que inventarlo porque esta es la segunda película este año que me
parece puro cine de supervivencia. La otra fue The martian, aunque ésta en clave de comedia. Lo llamo cine de pura supervivencia porque no incluye reflexión ética, ni vital, ni siquiera política
o histórica. La narración hablada queda en un segundo término y se enfatiza la
narración visual y en general sensorial. El ruido de las pisadas, el frío y la
humedad, el fango y la suciedad, junto con todo el repertorio de mocos, babas, sangre y algún esputo produce vértigo en el estómago y está bien que sea así, pero resulta excesivo, si se hace para que DiCaprio gane el óscar. No obstante, película preciosa.
¡Enhorabuena, por los óscares recibidos!
Director: Alejandro González Iñárritu
Guion: Mark L. Smith, Alejandro González Iñárritu (Novela: Michael Punke)
Música: Carsten Nicolai, Ryuichi Sakamoto
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck
Joven escritora nacida en Cádiz. Licenciada en Filología
Hispánica y con un variado currículum laboral como pasa en los últimos años en España.
Ha trabajado en cosas diversas: desde ser asesora del Ministerio de Igualdad
hasta guionista de un programa de televisión o profesora de creación literaria.
Tiene varios premios de relatos cortos y de poesía. Otras obras suyas son: Principito debe morir, Cástor y Pólux. Adora
a Cristina Fallarás y a Julio Cortázar. Y sus personajes favoritos son Sherlock
Holmes y La Maga. Está preparando una segunda novela, continuación de ésta. Suficientes
razones para adorarla.
Mi opinión.-
Una última cuestión es
la primera novela de la autora y además ha decidido estrenarse con una novela
negra. Es un punto de partida ambicioso, teniendo en cuenta además que el
personaje principal se sale de lo normal. Verónica Lago es limpiadora en El
Corte Inglés y tiene 62 años. Cuando está en su casa, la mayoría del tiempo
viste su pijama de felpa con la lengua de los Rolling Stones y bebe toda la cerveza
que su cuerpo con sobrepeso puede asimilar. Una lengua fuera puede ser una
burla hacia la sociedad biempensante o un síntoma de vivir asfixiado.
Es lectora de Fred Vargas y de Rosa Ribas. Quería ser algo
en la vida, algo que estuviera relacionado con el arte, hasta que un
espermatozoide se cruzó en su camino e hizo diana. Tiene tres hijos que la ignoran y un
exmarido argentino que hace poco tiempo empezó a resultarle realmente cargante
y aburrido. Verónica se lleva muy bien con Aurora, la portera de su edificio,
que también tiene gustos peculiares para vestir: el chándal oficial del
centenario del Barça. Descritos así parecen personajes pensados por Pedro
Almodóvar o Alex de la Iglesia. Tienen un punto esperpéntico y cabroncete. Sandra Olivé vive en el mismo edificio que Verónica. En
realidad vivía porque Verónica y Aurora encuentran su cuerpo despachurrado. Para
la policía es posible que sea un suicidio.
Pero para Verónica y un inspector de policía, doliente por
un error que cometió y con el mismo carácter sarcástico que ella, el microcosmos
del edificio es dónde debe de estar el asesino. Así que se pasean planta por
planta del edificio de un buen barrio de Madrid para descubrir las miserias de
los vecinos. Una galería de personajes representativos y también un poco
estrafalarios. Con las historias y mentiras de cada uno y hasta con las
referencias a un pasado difícil de digerir, el policía y Verónica tejen sus
hipótesis hasta resolver el crimen.
Una novela respetuosa con el género, pero también con mucho
humor y su dosis correspondiente de costumbrismo y de análisis de caracteres. Con
una intriga bien elaborada y que va dejando pistas para que el lector pueda
llegar a la misma conclusión que Verónica. Pero sin duda, el mayor acierto es
describir a esta detective aficionada. Verónica. Si las mujeres a partir de los
40 años empezamos a resultar invisibles, a los 62 como tiene ella… ya no sé
cómo se podría definir nuestra situación. Sin embargo, esta mujer venida a
menos, barrida por la crisis general y por su propia crisis personal, tiene todavía arrestos y
atractivo, sorna y somardería suficientes para sobreponerse. Creo que no será
la última novela que protagonice y eso me alegrará mucho, porque con ésta he
pasado ratos divertidos. Muchas referencias a cine y literatura; crítica
también de algunos escritores de best-sellers, del enriquecimiento y de la fama
y la fortuna por un pelotazo. Y una historia del pasado contada con mucha
amargura y un poco de truculencia. Muy recomendable.
Ingres nació en 1780 y murió en 1867. Vivió, por tanto, en un período muy
convulso para la historia de Francia. Sin embargo, observando sus retratos de
damas burguesas y aristócratas esto no se aprecia. Todo son sedas, pieles de porcelana, lujosos entornos. Se le considera un pintor neoclásico,
pero su pintura abarca mucho más estilos, entre ellos, la pintura troubadour y el
orientalismo. Son temas de esta exposición la pintura histórica, los retratos y
desnudos y la pintura religiosa.
Para esta gran ocasión y para poder apreciar a este pintor, que no figura
en ninguno de los museos públicos españoles, hasta el Museo del Louvre ha
prestado su Odalisca y se puede
contemplar también un dibujo preparatorio y la misma odalisca en grisalla. No es
habitual, en una exposición para gran público. Y lo de “gran público” lo digo
en el peor de los sentidos y como crítica para el Museo del Prado, puesto que
había mucha gente en la exposición y apenas se podía disfrutar con sosiego de
los cuadros. Estas cosas deberían de cuidarse, en una exposición de este tipo.
Siguiendo con la Odalisca, no dudo de que es un cuadro muy
atrayente, pero la desproporción en el cuerpo de esta mujer es realmente antológica.
Sin embargo, el detalle en la pintura de las telas, las pieles, las plumas e
incluso el humo del incienso en la parte derecha del cuadro, es de una maestría difícilmente
superable. La mirada de la odalisca es casi un desafío, pero un desafío sereno sin
violencia. Hay otros ejemplos de este gusto por el detalle de las telas, sobre todo en los retratos de burguesas y aristócratas o el
impresionante Napoleón en su trono
imperial, que más que emperador se puede confundir con la majestad de dios, rodeada por pieles, terciopelo y bordados en oro.
Pero dejando aparte la sensualidad de las pieles de
porcelana y los riquísimos tejidos hay dos obras que a mí me han gustado
especialmente: Juana de Arco en la coronación
de Carlos VII y Ruggiero liberando a
Angélica.
Esta Juana de Arco fue pintado en 1854 y es un ejemplo de pintura
histórica medievalizante. La doncella de Orléans aparece vestida con armadura y
sobrefalda, sujetando una bandera y con la mirada dirigida hacia arriba. Debido
a la inestabilidad de Francia, en 1430 Enrique V de Inglaterra decidió invadir
el país. Juana era una campesina analfabeta que a los 13 años oyó la voz de
Dios ordenándole que liberase Francia del invasor y eso hizo. Al tomar partido
por uno de los bandos contendientes y ser apresada por el otro fue quemada en la hoguera por
hereje. Aunque hoy sigue siendo símbolo de la monarquía y de los católicos
franceses (y la ultraderecha), también es muy respetada por la República, por
encarnar los valores de la nación francesa. Ha sido representada en infinidad
de ocasiones, tanto en cine como en televisión o pintura.
Ruggiero liberando a Angélica es un episodio del Orlando
furioso de Ludovico Ariosto (1532). Es un extenso poema épico en el que se
entrecruzan historias y aventuras, amores contrariados y traiciones. En este
cuadro se representa a una doncella desnuda y encadenada a las rocas, agonizante
y con la mirada perdida. Un caballero, Ruggiero, cabalgando en un hipogrifo
acude a socorrerla alanceando al dragón que surge de las aguas. Esta pintura es
de 1819 y en la exposición se pueden ver dos versiones muy similares. En la primera el cuerpo del dragón tiene mayor protagonismo, las tres figuras forman un círculo más evidente y un diálogo muy interesante entre luz y oscuridad. Exposición muy recomendable.